En la Crítica de la Razon
Pura, Kant busca el tribunal que delimite las pretensiones legítimas de la
razón y condene las que no tienen fundamento, así como el motivo de la continua tendencia del hombre a trascender la experiencia.
El punto de partida indiscutible
ha de ser el fenómeno, es decir, los contenidos de la conciencia considerados
en sí mismos, abstraídos de su inherencia a un sujeto psicológico y de su valor
representativo de un objeto ontológico. ‘Ocurre
aquí como con los primeros pensamientos de Copérnico. Éste, viendo que no
conseguía explicar los movimientos celestes si aceptaba que todo el ejército de
estrellas giraba alrededor del espectador, probó si no obtendría mejores
resultados haciendo girar al espectador y dejando las estrellas en reposo’ (Crítica
Razón Pura, Prologo, BXVI, p.20).
Pero para no caer en el error del
empirismo, a quienes al disociar las ideas
en elementos menores luego les resultaba un problema explicar las uniones que
existen entre ellos, el punto de partida
de Kant son los contenidos de la conciencia tal y como se presentan. El
análisis de los contenidos de conciencia debe respetar las relaciones naturales
de los elementos que disocia.
Kant considera que todo nuestro
conocimiento empieza en la experiencia, pero no se origina totalmente en ella. Es una combinación de las impresiones que
proceden de la experiencia y algo que pone nuestra facultad de conocer. ‘Nuestro conocimiento surge básicamente de
dos fuentes del psiquismo: la primera es la facultad de recibir
representaciones (receptividad de las impresiones); la segunda es la facultad
de conocer un objeto a través de tales representaciones (espontaneidad de los
conceptos). A través de la primera se nos da un objeto; a través de la segunda
lo pensamos en relación con la representación (como simple determinación del
psiquismo). La intuición y los conceptos constituyen pues los elementos de todo
nuestro conocimiento, de modo que ni los conceptos pueden suministrar
conocimiento prescindiendo de una intuición que les corresponda de alguna
forma, ni tampoco puede hacerlo la intuición sin conceptos. Ambos elementos son
o bien puros o bien empíricos. Son empíricos si contienen una sensación (la
cual presupone la presencia efectiva del objeto). Son puros si no hay en la
representación mezcla alguna de la sensación. Podemos llamar a esta última
materia del conocimiento sensible. La intuición pura únicamente contiene pues
la forma bajo la cual intuimos algo. El concepto puro no contiene por su parte sino
la forma bajo la cual pensamos algo en general. Tanto las intuiciones puras
como los conceptos puros son posibles a priori, mientras que las intuiciones
empíricas y los conceptos empíricos únicamente lo son a posteriori’ (Crítica
Razón Pura, I, II, Introducción, I,
A50-A51, p.85)
Kant va a considerar que la posibilidad fundamentadora del saber no
puede buscarse en el nivel de la materia del conocimiento, múltiple y
cambiante, sino en la forma del conocimiento, (elementos y funciones a
priori que dan orden y unidad a las impresiones)
Distinguimos así en nuestro
conocimiento una materia (las impresiones sensibles) y una forma (el orden y unidad que nuestra
facultad de conocer da a esa materia). El objetivo de la crítica es determinar
las condiciones de posibilidad del conocimiento, su principal tarea será
disociar la síntesis objetiva de los elementos materiales y formales que
presenta.
Kant no va a hacer la disociación
desde un punto de vista objetivo (disociación metafísica), sino desde un punto
de vista trascendental. Trascendental en Kant está asociado a aprioridad. Lo
trascendental designa tan solo al sujeto como pura función de determinación a
priori de un contenido extraño. ‘Llamo
trascendental todo conocimiento que se ocupa no tanto de los objetos, cuanto de
nuestro modo de conocerlos, en cuanto que tal modo ha de ser posible a priori’
(Critica Razón Pura, Introducción, VII, A12, p.55)
Para Kant el conocimiento es posible por el
sujeto trascendental, el cual posee las estructuras a priori que van a informar
la materia del conocimiento dando lugar al conocimiento. Como hemos comentado, Kant va a considera que
todo nuestro conocer está constituido por dos elementos: las intuiciones y los
conceptos.
De las intuiciones se encarga la
estética trascendental. Lo que establece es que el caos de impresiones
sensoriales se convierte en percepciones al ser organizado por las formas de
espacio y tiempo. La estética
trascendental estudia las formas de la intuición por las que las impresiones
sensibles se convierten en percepciones. Espacio y tiempo no son
propiedades de las cosas, sino las formas externa e interna de nuestra
sensibilidad que hacen posible nuestra percepción de los fenómenos. ‘Así, pues, en la medida en que la sensibilidad
contenga representaciones a priori que constituyan la condición bajo la que se
nos dan los objetos, pertenecerá a la filosofía trascendental. (Crítica
Razón Pura, Introducción, VII, B29-B30, p.57)
De
los conceptos se encarga la analítica trascendental. De la misma forma que el
caos de impresiones sensoriales para convertirse en percepciones sensibles debe
ser informado por las formas de la intuición, estas percepciones sensibles para
pasar el plano del conocimiento intelectual necesitan ser superiormente
informadas por las formas de pensar. Estas formas de pensar son producidas
espontáneamente por el entendimiento. Su estudio es objeto de la lógica
trascendental kantiana. La diferencia con la lógica formal es que esta
presupone el entendimiento y se ocupa sólo de las leyes del pensar, mientras
que la lógica trascendental busca fundamentar el conocimiento mismo y sus
funciones. Kant lleva a cabo una deducción metafísica de las categorías
(principios constitutvos a partir de los que se configura todo el conocimiento
que rebasa el mero nivel de la experiencia sensible) y una deducción
trascendental de los objetos del conocimiento. La ontología ha de ser
trascendental. La deducción se realiza a partir del yo trascendental, principio de unidad en torno al cual las
categorías (formas de síntesis) se ordenan en una síntesis más elevada.
El sujeto trascendental lleva sin embargo
en su propia estructura no solo la posibilidad del conocimiento, sino también
la posibilidad de las ilusiones trascendentales, al aplicar los mecanismos
de las categorías y su capacidad para generar conceptos a elementos que no
proceden de la experiencia, como por ejemplo en el caso de la metafísica.