Para alcanzar la verdad Descartes debe intuir primeros principios de los que deducir el resto de proposiciones. Principios que resulten evidentes. Pero Descartes se ha propuesto rechazar todo aquello que pueda ser falso. Y puesto que los sentidos nos engañan, a las veces, quise suponer que no hay cosa alguna que sea tal y como ellos nos la presentan en la imaginación; y puesto que hay hombres que yerran al razonar, aún acerca de los más simples asuntos de la geometría, y cometen paralogismos, juzgué que yo estaba tan expuesto al error como otro cualquiera, y rechacé como falsas todas las razones que anteriormente había tenido por demostrativas (Descartes, Discurso, 4, p.123). Así, Descartes rechaza como primer principio tanto lo que nos muestran los sentidos como el saber racional heredado, que tendrá que se redescubierto una vez tengamos un punto de partida fiable del que podamos deducirlo.
El primer principio que intuye, del cual considera que no es posible dudar, es el cogito ergo sum: Pero advertí luego que, queriendo yo pensar de esa suerte, que todo era falso, era necesario que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa; y observando que esta verdad 'yo pienso, luego soy', era tan firme y segura que las más extravagantes suposiciones de los escépticos no son capaces de conmoverla, juzqué que podía recibirla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que andaba buscando (Descartes, Discurso, 4, pp.123-124).
Para Descartes por tanto, yo soy una cosa que piensa. ¿Y que es una cosa que piensa? Una cosa que duda, que concibe, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que también imagina y que siente (Descartes, Meditaciones, 2, p.173).
En sus Meditaciones, Descartes no procede por el ordo essendi, sino del ordo cognocendi. No se trata de saber qué es lo primero en el orden del ser, que va a ser Dios, sino que es lo primero que puedo conocer, que no va a ser Dios. Descartes escribe así sus meditaciones ascendiendo por ese orden del conocer:
- Primera meditación: acerca de las cosas que se pueden poner en duda.
- Segunda meditación: acerca de la naturaleza del espíritu humano: y que es más fácil de conocer que el cuerpo.
- Tercera meditación: acerca de Dios, que existe.
- Cuarta meditación: acerca de lo verdadero y de lo falso.
- Quinta meditación: acerca de la esencia de las cosas materiales, y otra vez acerca de Dios, que existe.
- Sexta meditación: acerca de la existencia de las cosas materiales, y de la distinción real entre el alma y el cuerpo del hombre.
El planteamiento de Descartes es el primero en tomar como punto de partida no el mundo exterior, sino mi mundo interior. Si bien es cierto que ya San Agustín había dicho que si me engaño existo, el que no existe no puede engañarse, y por eso, si me engaño existo, luego si existo, si me engaño, ¿cómo me engaño de que existo, cuando es cierto que existo me engaño (...) (S.Agustin, La ciudad de Dios, XI, 26) como argumento para concluir la realidad de la conciencia como esencia pensante y combatir así el escepticismo, Descartes va a ser el primero en considerarlo no como una conclusión que nos muestra el hecho fundamental de la percepción interna, sino como la primera verdad racional de toda su filosofía.
Pero si bien es cierto que Descartes intentó fundamentar su filosofía en la subjetividad, y que fue una innovación importante cuando se contempla retrospectívamente su relación con el idealismo posterior, Descartes se esforzó en establecer una interpretación objetiva de la realidad, que no le parecía reductible a la actividad de la conciencia. Descartes quiere salir al mundo exterior. Toma como punto de partida la subjetividad, pero como primer paso en un método cuyo objetivo es poder explicar la realidad objetiva.
Así, en su segunda meditación Descartes demostrará la existencia de Dios (recurriendo eso sí al argumento ontológico al deducir de la idea innata que poseo de un ser perfecto a su existencia), que como ser perfecto ha de ser bueno y no puede engañarme, lo que le permitirá dar validez a las demás ideas innatas, lo que le permitirá decir que puesto que Dios no es engañador es muy evidente que no me envía esas ideas de manera inmediata por sí mismo, ni tampoco por medio de alguna criatura en la que la realidad de tales ideas no esté contenida de manera formal, sino sólo eminente. Porque al no haberme dado ninguna facultad para conocer que así era,sino por el contrario una inclinación muy grande a creer que me son enviadas, o que parten de las cosas corporales, no veo como se lo podría excusar de engaño, si en efecto esas ideas partieran o fueran producidas por otras causas distintas de las cosas corporales. Por lo tanto hay que confesar que hay cosas corporales que existen (Descartes, Meditaciones, 6, p.212).
Descartes estaba convencido de estar siguiendo su método. Con independencia de lo acertado de estos pasos de Descartes, desde el punto de vista epistemológico su razonamiento es muy importante en la historia de la filosofía, pues al destruir la hipótesis del genio demonio engañoso, funda la confianza en al evidencia inmediata, ya que la perfección de Dios implica su veracidad. Al estar la autoconciencia no sólo cierta de sí misma, sino de Dios como fuente del conocimiento racional, Descartes funda así el racionalismo moderno, pues esto le permite atribuir suprema certeza a todos los principios clara y distintamente evidentes de la razón.