'La dialéctica no puede detenerse ante los conceptos de lo sano y de lo enfermo, de lo racional y lo irracional. Una vez que ha considerado enfermo lo universal dominante, ve la única garantía de curación en aquello que, comparado con dicho orden, parece enfermo, excéntrico, loco. Bajo este aspecto, la función de la dialéctica sería la de permitir que la verdad del loco llegara a la conciencia de su propia razón, sin la cual, por otra parte, perecería en el abismo de aquella enfermedad que el sano sentido común de los demás impone sin piedad' (Adorno, Minima moralia)

domingo, 10 de julio de 2016

RELIGIÓN: SENTIDO OCEÁNICO VS. DESAMPARO


http://nataliaartagaveytiabenitez.artelista.com (Desamparo)

'Uno de estos hombres excepcionales se declara en sus cartas amigo mio. Habiéndole enviado yo mi pequeño trabajo que trata de la religión como una ilusión, respondiome que compartía sin reservas mi juicio sobre la religión, pero lamentaba que yo no hubiera concedido su justo valor a la fuente última de la religiosidad. Esta residiría, según su criterio, en un sentimiento particular que jamás habría dejado de percibir, que muchas personas le habrían confirmado y cuya existencia podría suponer en millones de seres humanos; un sentimiento que le agradaría designar "sensación de eternidad"; un sentimiento un sentimiento como de algo sin límites ni barreras, en cierto modo "oceánico". Trataríase de una experiencia esencialmente subjetiva, no de un artículo del credo; tampoco implicaría seguridad alguna de inmortalidad personal; pero, no obstante, ésta sería la fuente de la energía religiosa que, captada por las diversas iglesias y sistemas religiosos, es encauzada hacia determinados canales y, seguramente, también consumida en ellos. Sólo gracias a este sentimiento oceánico podría uno considerarse religioso, aunque se rechazara toda fe y toda ilusión' (Freud, El malestar en la cultura, p58).

'En condiciones normales, nada nos parece tan seguro y establecido como la sensación de nuestra mismidad, de nuestro propio yo. Este yo se nos presenta como algo independiente. unitario, bien demarcado frente a todo lo demás. Sólo la investigación psicoanalítica (...) nos ha enseñado que esa apariencia es engañosa; que por el contrario el yo se continúa hacia dentro, sin límites precisos, con una entidad psíquica inconsciente que llamamos ello y a la cual viene a servir como de fachada. Pero por lo menos hacia el exterior el yo parece mantener sus límites claros y precisos. Sólo los pierde en un estado que, si bien extraordinario, no puede ser tachado de patológico: en la culminación del enamoramiento amenaza esfumarse el límite entre el yo y el objeto. Contra todos los testimonios de sus sentidos, el enamorado afirma que yo y  son uno, y está dispuesto a comportarse como si realmente fuera así. Desde luego lo que puede ser anulado transitoriamente por una función fisiológica también puede ser trastornado por procesos patológicos. La patología nos muestra gran número de estados en los que se torna incierta la demarcación del yo frente al mundo exterior' (Freud, El malestar en la cultura, pp.59-60).

'El sentido yoico de adulto no puede haber sido el mismo desde el principio, sino que debe haber sufrido una evolución (...). El lactante aún no distingue su yo del mundo exterior como fuente de las sensaciones que le llegan. Gradualmente lo aprende por influencia de diversos estímulos. 

  • Sin duda ha de causarle la más profunda impresión el hecho de que alguna de las fuentes de excitación (que más tarde reconocerá como los órganos de su cuerpo) sean susceptibles de provocarle sensaciones en cualquier momento, mientras que otras se le sustraen temporalmente (entre éstas la que más anhela, el seno materno), logrando sólo atraerlas al expresar su urgencia con el llanto. Con ello comienza por oponérsele al yo un objeto en forma de algo que se encuentra afuera y para cuya aparecer es menester una acción particular.
  • Un segundo estímulo para que el yo se desprenda de la masa sensorial, esto es, para la aceptación de un afuera, de un mundo exterior, lo dan las frecuentes, múltiples e inevitables sensaciones de dolor y displacer que aún el aún omnipresente principio del placer induce a abolir y a evitar. Surge así la tendencia a disociar del yo cuanto pueda convertirse en fuente de displacer, a expulsarlo de sí, a formar un yo puramente hedónico, un yo placiente, enfrentado a un no-yo, con un afuera ajeno y amenazante. Los límites de este yo placiente serán luego reajustados por la experiencia [parte del placer no es del yo sino de los objetos y viceversa] (Freud, El malestar en la cultura, pp.60-61).
'Así pues estamos dispuestos a aceptar que en muchos seres existe un "sentimiento oceánico" que nos inclinamos a reducir a una fase temprana del sentido yoico; pero entonces se nos plantea una nueva cuestión: ¿qué pretensiones puede alegar ese sentimiento para ser aceptado como fuente de las necesidades religiosas? Por mi parte esta pretensión no me parece muy fundada, pues un sentimiento sólo puede ser fuente de energía si a su vez es expresión de una necesidad imperiosa. En cuanto a las necesidades religiosas, considero irrefutable su derivación del desamparo infantil y de la nostalgia por el padre que aquel suscita, tanto más cuanto que este sentimiento no se mantiene simplemente desde la infancia, sino que es reanimado sin cesar por la angustia ante la omnipotencia del destino. (...) Con esto pasa a un segundo plano el papel del "sentimiento oceánico". La génesis de la actitud religiosa puede ser trazada con toda claridad hasta llegar al sentimiento de desamparo infantil. (...) Puedo imaginarme que el "sentimiento oceánico" haya venido a relacionarse ulteriormente con la religión, pues ese ser-uno-con-el-todo, implícito en su contenido ideativo, nos seduce como una primera tentativa de de consolidación religiosa, como otro camino para refutar el peligro que el yo reconoce amenazante en el mundo exterior. Confiese una vez más que me resulta muy difícil operar con estas magnitudes tan intangibles (Freud, El malestar en la cultura, pp.67-68).