Cada generación reinterpreta la realidad. Cada generación absorbe la realidad, mide la distancia entre lo que entiende y lo que quiere, y actúa conformando una nueva realidad. El motor de la realidad es por tanto la gestión de esa distancia. Cómo vivo la realidad tiene que ver también con la gestión de esa distancia.
El sentido sólo lo da el caos. El infinito. El determinismo causal que anhelamos es sólo la limitación de lo que no puede ser de otra forma. La verdadera libertad es lo contingente, lo que puede ser de otra forma. El caos, lo que podría ser de cualquier forma, es la máxima expresión de libertad.
El tiempo no transcurre. Simplemente es. La realidad no se limita a un punto infinitamente pequeño entre lo que fue y ya no puede ser de otra forma, y lo que no ha sido y no sabemos si será. La percepción de tiempo nos engaña.
Inspiro la realidad y la expiro. Y el siguiente inspira la realidad y expira. Y el siguiente. Y el siguiente. La realidad es el halo que vamos inspirando y expirando entre todos a lo largo de un tiempo que no existe.
La conciencia es memoria. Un paquete de realidad temporal. No somos objetos. Somos actos. Es el acto el que fluye y pasa de unos a otros. Yo soy unos cuantos actos que están juntos. Actos que reaccionan actuando cuando perciben algo y quieren otra cosa.
Todos se han equivocado y yo por fin he dado con la verdad. Lo tenemos clarísimo. Explosión del big-bang. Mucha roca. Mucho gas. Mucho agua. Un montón de peces. Unos monos Y aquí estamos. Hasta hemos visto un montón de fotos de todo ello. Por fin lo sabemos todo. Pena que hasta ahora nadie lo sabía. Pero ahora ya lo sabemos todo.
Vamos a matar a unos cuantos que no piensan como nosotros. Pero antes además les llamaremos necios y retrasados.
Hemos llegado a la cima. Ya lo dijo Hegel. Claro que esto fue hace más de dos siglos. Bueno él también se equivocó. Pero ahora ya si que hemos llegado a la cima.
Hemos llegado a la cima. Ya no nos gustan las guerras. Eso si, les vendemos a todos un montón de armas. Pero es solo para que tengan. O por si tienen que defenderse. Pero los que hemos llegado a la cima sabemos que no hay que andar por ahí matando a la gente. Solo los necios y los retrasados que todavía no se han enterado lo hacen. Nosotros no. Pero les vendemos armas porque si no al final otro lo hará.
Somos el auténtico Homo Utensilius. El Homo Cacharrus. La razón nos ha permitido avanzar de forma increíble en hacer cada vez mejores utensilius. Y hasta sabemos curar nuestra parte utensilius. Pero éticamente no hemos avanzado nada. Seguimos pegándole con el utensilius al que no nos ríe las gracias. Hasta ahí. Bueno ahora cerramos los ojos. Es feo y no nos gusta.
Miro mi armario. Está hecho un desastre. Me gustaría que esté ordenado. Me agobio. Gestiono mal la distancia. ¿Y por qué el armario tiene que estar ordenado? ¿Y por qué me agobio?
Kant decía que los conceptos surgen cuando el entendimiento aplica las formas de pensar que produce espontáneamente a las percepciones sensibles. Y explicaba la tendencia del hombre a la metafísica como la aplicación de esos estos mismos mecanismos y su capacidad para generar conceptos a hechos que no proceden de la experiencia.
Nuestra mente posee una extraordinaria capacidad de configuración, combinación de mecanismos innatos y mecanismos culturales.
Inspiro. Expiro. Inspiro. Expiro. La naturaleza ha resuelto la dialéctica no permitiendo que la tesis se perpetúe. Surge la antítesis y deviene la síntesis. La antítesis es consecuencia de la tesis. El ser implica el no-ser. La vida la muerte. El bien el mal. Inspiro, comparo, actúo, expiro. Pero sólo un rato.
La evolución es memoria. Los actos acaban precipitando en genes que condicionarán las respuestas de las futuras generaciones. Los actos del futuro son fruto de la memoria genética que resulta de los actos del presente.
Expiro. Expiro un flujo que otro inspira. Expiramos muchos. Inspiran muchos. Todo se llena de múltiples pompas de jabón que se reflejan unas a otras.
No me gusta ver mi armario desordenado. Me gusta el orden. Me gusta marcar el paso. Nos gusta marcar el paso. Queremos que alguien llene de sentido todo este deambular posmoderno y nos diga que tiene la solución. Queremos un dios. No nos gusta que dios haya muerto. Anhelamos que alguien lo resucite.
Nos ponemos todos de acuerdo para expirar en una mima dirección. Y enseñamos a nuestros hijos a hacerlo. No hagas esto. Y si alguien lo hace hay que castigarle. Porque tenemos razón. Solo nosotros. Y tenemos la obligación de enseñar al resto. Ya lo decía Platón. No se enteran y tenemos que enseñarles. Hay quien lo llama violencia de la metafísica. Somos seres violentos porque está en nuestros genes, y porque configuramos flujos de intolerancia que nos aseguramos se perpetúen en las futuras generaciones. Al que no haga nos haga caso se le sacude con una quijada del burro y punto. Por su propio bien. Más que nada.
La continuidad del proceso histórico se produce como movimiento de superación de lo que es a partir de la crítica incesante de lo que debiera ser. En su versión optimista esto significa que vamos para delante. En su versión pesimista, que no tanto.
Me acerco a la verdad. Mi verdad. Es bonita. Redonda. Perfecta. Me ha costado mucho conocerla, pero al fin todo cuadra. Y sobre todo es mía. Quiero tocarla...
