Para Kant las categorías no son divisiones del ser, ni formas lingüísticas, sino conceptos puros del entendimiento con el que éste ordena la experiencia y unifica las intuiciones sensibles para poder conocer los objetos. El enfoque trascendental de Kant hace de las categorías los conceptos que dan la unidad a la síntesis pura que la imaginación lleva a cabo sobre la diversidad de elementos de la intuición pura, y por tanto las considera como condiciones de posibilidad del conocimiento de los objetos.
Kant deriva la tabla de categorías de la tabla de juicios, pues considera que cada una de ellas es el predicado de un juicios posible. Las categorías kantianas son así de cantidad (unidad, pluralidad, totalidad), cualidad (realidad, negación, limitación), relación (substancia, accidente, causa y efecto, comunidad) y modales (posibilidad-imposibilidad, existencia-no existencia, necesidad y contingencia) tal como dividimos los juicios. Kant (contrariamente a Aristóteles) considera que sólo por estas categorías pueden pensar los objetos, ya que esta división (al contrario que la de Aristóteles) es sistemática al haber sido deducida de un principio común: la capacidad de juzgar.
Kant no solo enumera las categorías, sino que procede a su deducción (justificación de las mismas). Dicha justificación trascendental nos explica como los conceptos pueden referirse a priori a objetos, dando lugar al conocimiento como experiencia, en la que se distinguen dos elementos: la materia (ofrecida por los sentidos) y la forma que ordena dicha materia. Los sentidos ofrecen la materia del conocimiento. Los conceptos la ordenan. Sensibilidad y entendimiento (intuición y categorías) son ambos necesarios para producir conocimiento. Para ser conocidos los objetos deben ajustarse a las condiciones formales de la sensibilidad, pero además también con las condiciones que impone el pensamiento. Dos condiciones para conocer: intuición (mediante la cual se da el objeto como fenómeno) y concepto (mediante el cual se concibe un objeto correspondiente a dicha intuición).
Dado que los conceptos puros del conocimiento son las categorías, estas son condiciones fundamentales de la experiencia posible. Para Kant el enlace no existe en los objetos, sino que es fruto del entendimiento, que aparece como un filtro unificador de la experiencia mediante las categorías. Para Kant la capacidad de unificación de lo diverso del entendimiento se basa en la unidad trascendental de la conciencia: la representación yo pienso debe poder acompañar al resto de representaciones y ser así una condición objetiva de todo conocimiento.
Las categorías para Kant son esenciales para una ontología que es una teoría del conocimiento, pues no aborda directamente los objetos, sino a través de sus condiciones epistemológicas de posibilidad. Este giro epistemológico y subjetivo de la ontología tiene lugar a partir de la concepción cartesiana que convierte al individuo en sujeto cognoscente, y reduce el mundo a su imagen, en lugar de prevalecer el enfoque que va directamente al ser.
La ontología moderna ha sido fundamentalmente una epistemología en la que se enfrentaban un objeto y un sujeto escindidos entre sí. Contra este planteamiento el enfoque directamente ontológico (Heidegger) parte de la preeminencia del ser sobre el ser conocido, y el enfoque pragmático (Rorty) rechaza la reducción de la ontología a una teoría de la representación basada en la metáfora de la mente como espejo deformado. La reducción de ontología a epistemología confunde la justificación de las pretensiones del conocimiento con su explicación causal.
(F.J. Martinez Martinez, Metafísica, T8)