Habermas aborda el problema de la razón práctica a partir de una ética comunicativa basada en una pragmática universal. Dicha ética concede validez sólo a las normas corroboradas dicursivamente en un proceso de formación discursiva de la voluntad que produce un consenso no coactivo entre los interesados. Sólo una ética comunicativa garantiza la universalidad de las normas y la autonomía del sujeto actuante.
Lo que fundamenta la pretensión de validez de las normas no son los actos irracionales de la voluntad de las partes contratantes, sino el reconocimiento motivado racionalmente de normas que pueden ser problematizadas en cualquier momento. La ética de Habermas es cognitivista. Las normas pueden o no ser correctas. La corrección la dirime la razón práctica, entendida como razón discursiva y dialógica.
La ética comunicativa de Habermas es compartida con matices por Apel. Para Apel la búsqueda previo consenso intersubjetivo de la verdad anticipa la moral de una comunidad ideal de comunicación. Apel reafirma el primado de la razón práctica sobre la razón teórica. Esto permite relacionar ética y política, lo cual es difícil en la tradición positivista, ya que su razón monológica acepta la validez intersubjetiva de las normas solo a través de pactos, con lo que la responsabilidad ética no sobrepasa la esfera privada.
La escisión entre la ética (privada) y la política (pública) es total en esta tradición. Sólo el kantismo soterrado de Rawls permite superar parcialmente esta escisión, maximizando la situación peor de manera que hasta los peor situados gocen de una situación aceptable. Pero el contrato de Rawls se basa en individuos que usan la razón estratégica para optimizar la satisfacción de sus intereses que no se modifican a través de una formación racional discursiva de la voluntad como en el caso de la razón comunicativa.
La comunidad ideal de pensadores capaces de llegar a un acuerdo es la base de la razón dialógica, tanto en su uso teórico como práctico. La aceptación de la razón práctica nos permite asegurar la obligatoriedad moral de los convenios particulares regulados mediante normas cuya validez ha sido aceptada mediante un discurso práctico, pues las conclusiones de este discurso práctico no obligan solo a los que han participado en él, sino a todos aquellos que han adquirido competencia comunicativa a través del proceso de socialización. La posibilidad de elegir racionalmente entre distintos fines sólo está asegurada por una concepción dialógica de la racionalidad práctica.
Sólo mediante el diálogo nos podemos poner de acuerdo sobre normas morales, asegurando la racionalidad práctica de nuestra decisión. Una racionalidad monológica nunca puede estar segura de que su elección racional es adecuada. La razón práctica en su versión comunicativa y dialógica no solo asegura la posibilidad de elegir racionalmente entre valores y fines, sino que también es la única posibilidad de asegurar una fundamentación, aunque sea débil, de la ética.
Mientras que los defensores del racionalismo crítico como Popper basándose en una concepción lógico-deductiva de su fundamentación rechazan su necesidad y posibilidad, y la sustituyen por un proceso indefinido de crítica racional, Apel reafirma la posibilidad y necesidad de una fundamentación última, entendida no como una deducción lógica, sino como una reflexión sobre el carácter irrebasable del a priori de la argumentación. Habermas prefiere no hablar de fundamentación última y se aproxima al racionalismo crítico. Los miembros de la escuela de Erlangen defienden la fundamentación de las normas éticas no en un sentido lógico-formal, sino en un sentido de argumentación práctica: la fundamentación se lleva a cabo en un proceso dialéctico sin fin que enfrenta para su mutua corrección la génesis fáctica y la génesis normativa. Lorenzen afirma sin embargo que es necesario decidir en favor de la razón mediante un acto de fe, de manera que sólo se puede argumentar racionalmente con quien ha aceptado el principio de razón. Habermas considera que esto no es necesario porque todos nos encontramos desde siempre dentro de la conexión comunicativa,
Mientras que los defensores del racionalismo crítico como Popper basándose en una concepción lógico-deductiva de su fundamentación rechazan su necesidad y posibilidad, y la sustituyen por un proceso indefinido de crítica racional, Apel reafirma la posibilidad y necesidad de una fundamentación última, entendida no como una deducción lógica, sino como una reflexión sobre el carácter irrebasable del a priori de la argumentación. Habermas prefiere no hablar de fundamentación última y se aproxima al racionalismo crítico. Los miembros de la escuela de Erlangen defienden la fundamentación de las normas éticas no en un sentido lógico-formal, sino en un sentido de argumentación práctica: la fundamentación se lleva a cabo en un proceso dialéctico sin fin que enfrenta para su mutua corrección la génesis fáctica y la génesis normativa. Lorenzen afirma sin embargo que es necesario decidir en favor de la razón mediante un acto de fe, de manera que sólo se puede argumentar racionalmente con quien ha aceptado el principio de razón. Habermas considera que esto no es necesario porque todos nos encontramos desde siempre dentro de la conexión comunicativa,
Sólo Apel defiende la necesidad de una fundamentación filosófica de la ética en la época de la ciencia. La fundamentación consiste en que la razón es práctica, es decir, es responsanle del actuar humano, y se despliega a través de las condiciones normativas de la posibilidad de la decisión sobre pretensiones de validez ética a través de la formación del consenso. Llegamos pues a una fundamentación última de la ética a través de la reflexión sobre los presupuestos normativos de la argumentación.
(F.J. Martinez Martinez, Metafísica, T21)