El autor es un elemento moderno. Antes se valoraba más al chaman. La poética de Mallermé consiste en suprimir el autor en beneficio de la escritura. Es el lenguaje el que habla. Escribir consiste en alcanzar ese punto en el que sólo el lenguaje actúa, performa, y no yo. El surrealismo no llegó a atribuir al lenguaje una posición soberana, pero contribuyó a desacralizar la imagen del autor. El texto se produce / lee de forma que el autor se ausenta a todos los niveles. El tiempo no se refiere ya al tiempo del autor. Sólo existe el tiempo de la enunciación.
Un texto no tiene una fila de palabras y un sentido único, sino múltiples dimensiones, ninguna de las cuales es la original. El texto es un tejido de citas procedentes de mil focos de la cultura. El autor siempre imita un gesto anterior. Sólo tiene el poder de mezclar las escrituras. La cosa interior que quiere transmitir no es sino un diccionario ya compuesto. El escritor, como sucesor del autor, ya no tiene sentimientos, sino ese inmenso diccionario del que extrae un escritura.
Una vez alejado el autor, no tiene sentido descifrar un texto. En la escritura múltiple todo está por desenredar, pero nada por descifrar. La escritura es así revolucionaria, pues rehúsa la detección del sentido.
Un texto está formado por escrituras múltiples, que establecen entre ellas un diálogo. Toda esa multiplicidad no se recoge en el autor, sino en el lector. La unidad del texto no está en su origen sino en su destino. El nacimiento del lector se paga con la muerte del autor.
(R. Barthes, La muerte del autor)