Desde el punto de vista tradicional, la metafísica se divide en ontología (el ser en cuanto ser) y teodicea o teología natural.
En la metafísica actual vamos a considerar la ontología como una reflexión en torno a las grandes ideas de la razón (en oposición a los conceptos del entendimiento propios de las ciencias). La ontología puede considerarse así una teoría de las categorías. La ontología propone a partir de los datos disponibles una explicación última de la realidad, estableciendo una ficción arriesgada e inverificable, que completa los datos de las ciencias, necesariamente incompletos. La ontología ordena el conjunto de lo real de forma provisional, sin pretensiones de verdad.
El sistema metafísico no está referido a las esencias, sino a los acontecimientos. Es un sistema preparado para acoger el azar, lo imprevisto. El objeto de esta ontología ya no es la verdad, un ser fuerte capaz de servir de fundamento al hombre, sino un ser débil, construido por el ser humano, que es más abismo que fundamento. Es más una dirección que un suelo. Es el acontecimiento (eregnis) como ámbito de lo que deviene más que de lo permanente.
En cuanto a la teodicea, su problema fundamental es el sentido del mal en el mundo y la cuestión del sentido de la existencia humana. Hoy no podemos afirmar un positivo absoluto (dios), pero tampoco podemos eliminar la esperanza en dicho absoluto. La teodicea reformulada es así la afirmación de la finitud humana y la esperanza de la verdad absoluta.
La religiones han explicado el mal diciendo 1) que un redentor lo eliminará, 2) que se compensará en un más allá, 3) transmigración de las almas, compensación en una vida futura. La teodicea secularizada analiza las causas históricas, sociales y psicológicas del mal.
Nuestra propuesta metafísica plantea el análisis de cinco tópicos: razón, realidad, praxis, mal y sentido. Los tres primeros pertenecen a la ontología, Los dos últimos a la teodicea.
(F.J. Martinez Martinez, Metafísica, T1)