El estructuralismo añade a lo real lo imaginario y simbólico; introduce una nueva noción de temporalidad que combina de forma original la continuidad y la discontinuidad; subvierte la noción de sujeto; e instaura un pensamiento de la diferencia como un pensamiento serial y local.
La noción de lo simbólico es la clave en la teoría estructuralista (Levi-Strauss, Lacan, Althausen). Ocupa un lugar central en el surgimiento del individuo (surgimiento del ego a través de una resolución positiva del edipo que supone la asunción del lenguaje) y de la sociedad (da origen al tabú del incesto, que es el origen de la escisión entre naturaleza y cultura, y el origen de la sociedad). Además, lo simbólico es el lugar de la teoría (Althausen), que da lugar a objetos teóricos que no reproducen especularmente la realidad, sino que son creaciones nuevas y autónomas respecto de esa realidad, a la construcción de la cual contribuyen decisivamente.
Lo imaginario es lo inmediato, la ilusión productora de la intensificación dual y especular. Lacan sitúa la realidad en la intersección entre lo simbólico y lo imaginario, como aquello objetivo e imparcial, pero a la vez cercano e íntimo. Dicha realidad no se confunde en Lacan con lo real, que es lo imposible, lo que no se puede describir. Lo real sólo puede describirse a partir de lo simbólico, pero a la vez se resiste a la simbolización.
La noción de práctica teórica de Althausen se sitúa en el ámbito de lo simbólico, hace operar unos instrumentos teóricos constituidos sobre una materia prima teórica para producir un objeto teórico concreto que puede operar como materia prima de otro ciclo de conocimiento. Lo importante de esta teoría es el reconocimiento de carácter productivo del conocimiento, que nunca puede reducirse a un mero reflejo de lo real, sino que es el resultado de un proceso de producción en el dominio de la teoría.
(F.J. Martinez Martinez, Metafísica, T6)