Hemos visto que el sentido de la vida admite como respuesta la inmersión despreocupada en la vida cotidiana, la angustia de quien no es capaz de encontrar salida (existencialismo) y la apertura a objetivaciones genéricas y desarrollo de una vida para sí (Lukács y discípulos).
Otra respuesta que ocupa un lugar privilegiado es la búsqueda del sentido a la vida en el ámbito religioso. Este ha sido un camino habitual en el ser humano.
Desde siempre los mitos han proporcionado sentido al hombre, y han servido de orientación frente al caos. Mediante los símbolos la realidad profana, sin sentido en sí misma, se abre al mundo de lo sagrado, que le da sentido. La realidad recibe el sentido propio de lo sagrado. El espacio es convertido en un cosmos ordenado. El caos inicial se convierte en mundo. Lo mismo sucede con el tiempo, que extrae su sentido de la repetición de las fiestas.
Los símbolos ponen en contacto la experiencia humana con lo sagrado. Los símbolos crean una red de correspondencias entre el macocosmos y el microcosmos humano. Los ritos marcan el paso de un estatuto ontológico y social a otro: nacimiento, pubertad, matrimonio... Se trata de momentos importantes y por ello deben de ser santificados mediante ritos apropiados.
El sentido en el cristianismo alcanza su culmen cuando dios se hace hombre para ingresar en la historia humana, redimirla del pecado, y dotarla de un sentido absoluto. La vida adquiere sentido con la afirmación de la resurrección final. La vida tiene sentido porque es eterna.
La religión no sólo dota de sentido a la vida, sino que permite borrar el mal. El garante de esta reconciliación es un dios bueno y justo. Para algunos, como Unamuno, la existencia de dios vine exigida por la necesidad esencial y radical de otorgar un sentido último a la vida a través de la eternidad. Dios viene a resolver nuestro íntimo problema vital: el hambre de inmortalidad. Dios no es tanto el creador como el que da sentido a nuestra vida a través de la inmortalidad. Para Unamuno lo específico del catolicismo es la inmortalización, no la justificación de los pecados, clave del protestantismo. Lo fundamental es la donación de sentido, no la eliminación del mal.
(F.J. Martinez Martinez, Metafísica, T26)