Vamos a dar una respuesta humana al problema del sentido de la vida, en la que no falta la añoranza mencionada. Esta respuesta tiene dos modalidades: la heroico-aristocrática y la democrático-comunitaria.
La ética heroico-aristocrática parte de la areté griega, bañada en estoicismo y epicureísmo, que ha tenido sus modelos principales en el hombre del renacimiento, Goethe, el joven Lukács, Ortega, etc. La clave de este ética es la construcción de una personalidad que desarrolla al máximo sus posibilidades físicas, intelectuales y anímicas. Es una moral de autoexigencia. Esta ética da lugar a un arte de vivir que conjuga como técnicas del yo a la Dietética, la Economía y la Erótica en cuanto formas de relación del sujeto consigo mismo. Este ética asume del estoicismo y del epicureísmo la máxima de vivir según la naturaleza, y de no temer a los dioses ni a la muerte. Es una ética de excelencia que va más allá del deber.
Nietzsche defendió en ciertos momentos de su vida una moral de este tipo, pero no con el sujeto pleno de la ilustración, sino con un sujeto difuso y fisurado. Esta moral es una moral de superviviente de un mundo heroico que Nietzsche considera hundido para siempre, y que tiene tres preceptos: fidelidad a los iguales, limpieza tipo precepto religioso y responsabilidad pedagógica. Frente al sujeto romántico hegeliano, Nietzsche instaura el sujeto precario cuyas características son conciencia esfíngea frente a la muerte, deseo como apertura haca lo oscuro y soledad vagabunda.
Cuando esta ética aspira a generalizarse e incluye entre sus valores la extensión a todos los hombres, se convierte en la ética democrático-comunitaria. Dicha ética es el ideal de Espinosa [Spinoza], que concibe la gloria como la construcción de una comunidad de hombres sabios, libres e iguales unidos entre si por el amor al universo. Ha sido el sueño de Goethe, del joven Marx y de Lukács, y es la única posibilidad de dotar a la vida de un sentido que no lo tiene por sí misma, sino que tiene que ser dotada de sentido por la actuación de los hombres libres. Una ética que, sin fundamentación teológica, no renuncia a la idea de una justicia plena, y lucha por conseguirla, sin miedo y sin esperanza.
(F.J. Martinez Martinez, Metafísica, T26)