Frente a los que consideran que el origen del mal es la limitación ontológica del hombre y el hecho de que sea falible, otros hacen radicar el mal en el propio hombre, en tanto que vive sometido a unas condiciones políticas y económicas que impiden una vida armonioso de los hombres entre sí y con la naturaleza.
Spinoza en su tratado teológico-político situaba la raíz del sufrimiento humano en las supersticiones basadas en el miedo y forjadas con una imaginación delirante incapaz de interpretar correctamente la naturaleza. Para Spinoza la religión se alía con el poder para mantener a los hombres en estado de temor y facilitar su dominación.
En la carta XIX Spinoza parte de que cada cosa en sí misma considerada tiene una perfección con los mismos límites que su esencia. En lugar de la concepción clásica que parte de la imperfección radical de los seres finitos, Spinoza reduce la imperfección a la comparación de una criatura con otra más perfecta.
En la carta XXIII Spinoza recuerda que Dios (la Naturaleza) es causa de las cosas que poseen la esencia, y como el mal no la posee, Dios no puede ser causa del mal. Los objetos son buenos. El mal se produce al confluir dos objetos con propiedades antagónicas. No hay mal ni bien en general, pero hay malo o bueno para mi según disminuya o aumente mi capacidad de obrar. El mal se produce como resultado de malos encuentros que son veneno para mi constitución. Ante el mal solo puedo responder buscando buenos encuentros que aumenten mi capacidad de acción. La única manera de oponerse a la opresión y la superstición es buscar la unión con los semejantes para dar lugar a un individuo compuesto capaz de oponerse a la opresión y desarrollar conocimiento para evitar la superstición.
(F.J. Martinez Martinez, Metafísica, T24)