No hay concepto simple. Todo concepto tiene componentes y se define por ellos. Tiene por tanto una cifra. Se trata de una multiplicidad, aunque no todas las multiplicidades sean conceptuales.
Tampoco existe concepto alguno que tenga todos los componentes, puesto que sería entonces un caos. Hasta los universales han de salir del caos circunscribiendo un universo que los explique (contemplación, reflexión, comunicación...). Todo concepto tiene un perímetro irregular, definido por la cifra de sus componentes. El concepto es una cuestión de articulación, de repartición, de intersección. Forma un todo porque totaliza sus componentes, pero un todo fragmentario. Solo cumpliendo esta condición puede salir del caos mental que le acecha incesantemente y se pega a él para reabsorberlo.
¿En qué condiciones un concepto es primero, no de modo absoluto, sino con relación a otro? El Otro ya no es más que el otro sujeto tal como se me presenta a mí. Si lo identificamos con otro sujeto, yo soy el Otro tal como me presento a él. Todo concepto remite a un problema. Nos encontramos aquí con un problema de pluralidad de sujetos. ¿En qué consiste la posición del Otro, que el otro sujeto solo ocupa cuando se me presenta como objeto especial, y que ocupo yo a mi vez como objeto especial cuando me presento a él? En esta perspectiva el otro no es nadie, ni sujeto ni objeto. Hay varios sujetos porque existe el Otro, y no a la inversa. Por lo tanto el Otro reclama un concepto a prioiri, del cual deben resultar el objeto especial, el otro sujeto y el yo, y no a la inversa. Consideremos un mundo tranquilo y sosegado. De repente un rostro asustado contempla algo fuera del campo delimitado. El Otro no se presenta aquí como sujeto ni como objeto, sino como cosa sensiblemente distinta, como un mundo posible, como la posibilidad de un mundo aterrador. Este mundo posible solo existe en su expresión, el rostro, o un equivalente del mismo. Basta con que el que se expresa hable para otorgar una realidad a lo posible, El Otro surge bajo esta condición, como la expresión de un posible. El Otro es un mundo posible, tal como existe en un rostro que lo expresa, y se efectúa en un lenguaje que le confiere a una realidad. En este sentido, constituye un concepto de tres componentes inseparables: mundo posible, rostro existente, lenguaje real o palabra.
Este concepto de Otro remite a Leibnitz. A la mónada como expresión del mundo. Pero no se trata del mismo problema, porque los posibles de Leibnitz no existen en el mundo real.
Los mundos posibles tiene una historia muy larga. En un concepto hay la más de las veces trozos o componentes procedentes de otros conceptos, que respondían a otros problemas y suponían otros planos. Por otra parte, un concepto tiene un devenir que atañe en este caso a unos concepto que se sitúan en el mismo plano. Todo concepto, puesto que tiene un número finito de componentes, se bifurcará sobre otros conceptos, compuestos de modo diferente, pero que constituyen otras regiones del mismo plano, que responden a problemas que se pueden relacionar, que son partícipes de una co-creación. Un concepto no solo exige un problema bajo el cual modifica o sustituye conceptos anteriores, sino una encrucijada de problemas donde se junta con otros conceptos coexistentes.
El Otro es un ejemplo complejo. Pero no hay otra forma de proceder, ya que no hay conceptos simples. Las siguientes consecuencias se extraen también si se consideran otros ejemplos:
Todo concepto remite a otros conceptos, no solo en su historia, sino también en su devenir y en sus conexiones actuales. Cada concepto tiene unos componentes que pueden a su vez ser tomados como conceptos.
Lo propio del concepto consiste en volver los componentes inseparables dentro de él: distintos, heterogéneos y no obstante no separables. Tal es el estatuto de los componentes, o lo que define la consistencia del concepto, su indiscernibilidad con otro componente.
Cada concepto será considerado el punto de coincidencia, de condensación o de acumulación de sus propios componentes. Cada componente en este sentido es un rasgo intensivo, una ordenada intensiva que no debe ser percibida como general ni como particular, sino como una mera singularidad que se particulariza o se generaliza según se le otorguen unos valores variables o se le asigne una función constante. Pero a diferencia de lo que ocurre con la ciencia, no hay constante ni variable en el concepto. Las relaciones en el concepto no son de compresión ni de extensión, sino solo de ordenación, y los componentes no son constantes ni variables, sino meras variaciones ordenadas en función de su proximidad. Un concepto es una heterogénesis, es decir, una ordenación de sus componentes por zonas de proximidad. Es un ordinal, una in tensión común a todos los rasgos que lo componen. El concepto está en estado de sobrevuelo respecto de sus componentes. El concepto es incorpóreo, aunque se encarne o se efectúe en los cuerpos. Pero no se confunde con el estado de las cosas en las que se efectúa. Carece de coordenadas espaciotemporales, solo tiene coordenadas intensivas. El concepto expresa el acontecimiento, no la esencia o la cosa. El concepto se define por la inseparabilidad de un número finito de componentes heterogéneos recorridos por un punto en sobrevuelo absoluto, a velocidad infinita. El concepto es en este sentido un acto de pensamiento, puesto que el pensamiento opera a velocidad infinita. [El concepto recorre sus componentes a velocidad infinita, que es la velocidad del pensamiento].
Así pues, el concepto es absoluto y relativo a la vez. Relativo respecto de sus propios componentes, de los demás conceptos, del plano sobre el que se delimita, de los problemas que supuestamente debe resolver, pero absoluto por la condensación que lleva a cabo, por el lugar que ocupa sobre el plano, por las condiciones que asigna al problema. Es absoluto como totalidad, pero relativo en tanto que fragmentario. Es infinito por su sobrevuelo o velocidad, pero finito por el movimiento que delimita el perímetro de sus componentes. La relatividad y la absolutidad del concepto son como su pedagogía y su ontología, su creación y su autoposición, su idealidad y su realidad. Real sin ser actual, ideal sin ser abstracto... El concepto se define por su consistencia, endoconsistencia y exoconsistencia, pero carece de referencia: es autorreferencial, se plantea a sí mismo y plantea su objeto al mismo tiempo que es creado.
El concepto no es discursivo, y la filosofía no es una ciencia discursiva, porque no enlaza proposiciones. A la confusión del concepto y de la proposición se debe la tendencia a creer en la existencia de conceptos científicos, y a considerar la proposición como una auténtica 'intensión' (lo que la frase expresa): entonces la más de las veces el concepto filosófico sólo se muestra como una proposición carente de sentido. El concepto no es proposicional. Y la proposición nunca es una intensión. Las proposiciones se definen por su referencia, y la referencia nada tiene que ver con el Acontecimiento, sino con una relación con el estado de cosas o de cuerpos, así como con las condiciones de esta relación. Lejos de constituir una intensión, estas condiciones son todas ellas extensionales: implican operaciones de colocación o linealiracion que introducen las ordenadas intensivas en coordenadas espaciotemporales, de establecimiento de correspondencia de conjuntos delimitados de este modo. Estas sucesiones y esta correspondencias definen la discursividad en sistemas intensivos; y la independencia de las variables en las proposiciones se opone a la indisolubilidad de las variables en el concepto. Los conceptos, que tan solo poseen consistencia o unas coordenads intensivas fueran de las coordenadas, entran libremente en unas relaciones de resonancia no discursiva. Los conceptos son centros de vibraciones, cada uno en sí mismo, y los unos en relacíón a los otros. Por esta razón, todo resuena, en lugar de sucederse o corresponderse. No hay razón alguna para que los conceptos se sucedan. Los conceptos no constituyen las piezas de un rompecoches, puestos que sus perímetros irregulares no se corresponden.
Resultan de ello importantes diferencias entre la enunciación filosófica de conceptos fragmentarios y la enunciación científica de proposiciones parciales. En el caso de las proposiciones, se trata de observadores parciales extrínsecos, científicamene definibles con relación a tales o cuales ejes de referencia, mientras que. en tanto a los conceptos, se trata de personajes conceptuales intrínsecos que ocupan tal o cual plano de consistencia. De frases o de un equivalente, la filosofía saca conceptos (que no son confunden con ideas generales o abstractas), mientras que la ciencia saca prospectos (proposiciones que no se confunden con juicios) y el arte saca perceptos y afectos (que tampoco se confunden con percepciones o sentimientos)
EJEMPLO1:
El cogito cartesiano, el Yo de Descartes, tiene tres componentes: dudar, pensar, ser
Resulta vano preguntarse si Descartes tenía razón o no. Los conceptos cartesianos solo pueden ser valorados en función de los problemas a los que dan respuesta, y del plano por el que pasan. Si cabe sustituir unos conceptos por otros es bajo la condición de problemas nuevos y de una plano distinto. Un concepto siempre tiene la verdad que le corresponde en función de las condiciones de su creación. Los planos hay que hacerlos, y los problemas plantearlos, del mismo modo que hay que crear los conceptos. Si un concepto es 'mejor' que uno anterior es porque permite escuchar variaciones nuevas y resonancias desconocidas, porque efectúa reparticiones insólitas, porque aporta un Acontecimiento que nos sobrevuela. Pero, ¿No es eso acaso lo que hacía ya el anterior? Se puede seguir siendo platónico, cartesiano, kantiano hoy en día porque estamos legitimados para pensar que sus conceptos pueden ser reactivados en nuestros problemas, e inspirar estos conceptos nuevos que hay que crear. ¿Y cual es la mejor forma de seguir a los grandes filósofos, repetir lo que dijeron o bien hacer lo que hicieron, es decir, crear conceptos para unos problemas que necesariamente cambian?
Por este motivo, las discusiones no sirven para adelantar en la tarea, puesto que los interlocutores nunca hablan de lo mismo. Que uno sostenga una opinión, ¿de qué sirve a la filosofía mientras no se expongan los problemas que están en juego? Y cuando se expongan, ya no se trata de discutir, sino de crear conceptos indiscutibles para el problema que uno se ha planteado. A veces se imagina uno la filosofía como una discusión perpetua, como una 'racionalidad comunicativa' o como una 'conversación democrática universal'. Nada más lejos de la realidad, y cuando un filósofo critica a otro es a partir de unos problemas y un plano que no eran los del otro y que hace que se fundan los conceptos antiguos. Criticar no significa más que constatar que un concepto se desvanece, pierde sus componentes o adquiere otros nuevos que lo transforman cuando se lo sumerge en un ambiente nuevo. Quienes critican sin crear, quienes se limitan a defender lo que se ha desvanecido sin saber devolverle las fuerzas para que resucite constituyen la auténtica plaga de la filosofía. La filosofía aborrece las discusiones. Siempre tiene otra cosa que hacer.
EJEMPLO2:
Hasta que punto domina Platón el concepto queda de manifiesto en El Parménides: el uno tiene dos componentes (el ser y el no ser), fases de componentes (...), zonas de indiscernibilidad (...). Es un modelo de concepto.
Platón enseña sin embargo lo contrario de lo que hace: crea conceptos, pero necesita hacerlo de manera que representen lo increado que le precede. Introduce el tiempo en el concepto, pero este tiempo tiene que ser el Anterior. La verdad se plantea como algo presupuesto, ya presente.
En el concepto platónico de idea, 'primero' adquiere un sentido muy preciso, muy diferente al que tendrá en Descartes. Es lo que posee objetivamente una cualidad pura, o lo que no es otra cosa más que lo que es. Se dan por supuesto que las cosas son otra cosa de lo que son. Solo pueden pretender la cualidad en la medida en la que participan de la Idea. Entonces, el concepto de Idea tiene los componentes siguientes: la cualidad poseída o que hay que poseer, la Idea que posee la cualidad en primeras, aquello que pretende la cualidad y solo puede poseerla en segundas. El tiempo como esta forma de anterioridad pertenece al concepto, es como su zona. No es en este plano griego en el que el cogito puede surgir. Mientras subsista la preexistencia de la Idea, el cogito podrá ser preparado, pero no llevado a cabo. Para que Descartes cree este concepto, será necesario que el primero cambie singularmente su sentido, y que adquiera un sentido subjetivo, y que entre la idea y el alma que la forma se anule toda diferencia de tiempo. Habrá que conseguir una instantaneidad del concepto.
Solo pretendemos demostrar que un concepto tiene unos componentes que pueden impedir la aparición de otro concepto, o que por el contrario esos mismo componentes solo pueden aparece a costa del desvanecimiento de otros conceptos.
Supongamos que se añade un componente a un concepto. Es posible que estalle y que presente una mutación completa, que implique tal vez otro plano, en cualquier caso otro problema.
Es lo que sucede con el cogito kantiano. Kant construye un plano trascendental que hace inútil la duda. y cambia la naturaleza de los presupuestos. Kant reclama la inclusión de un nuevo componente en el cogito que Descartes había rechazado: el tiempo. Solo en el tiempo se encuentra determinable mi existencia indeterminada. Es así que el cogito presenta ahora cuatro componentes: yo pienso y soy activo en ese sentido, tengo una existencia, esa existencia solo es determinable en el tiempo como la de un yo pasivo, así pues estoy determinado como un yo pasivo que se representa necesariamente su propia actividad pensante como un Otro que le afecta.
Que Kant critique a Descartes solo significa que ha levantado y construido un problema que no pueden ser ocupados o efectuados por el cogito cartesiano. Descartes había creado el cogito como concepto, pero expulsado al tiempo como forma de anterioridad. Kant lo reintroduce, pero un tiempo distinto del de la anterioridad platónica. Hace del tiempo un componente del cogito nuevo, pero a costa de proporcionar a su vez un concepto nuevo de tiempo. El tiempo se vuelve forma de interioridad, con tres componentes: sucesión, pero también simultaneidad y permanencia. Cosa que implica un nuevo concepto de espacio, que no puede ser definido como la mera simultaneidad, y que se vuelve exterioridad
Encontramos por doquier el mismo estatuto pedagógico del concepto: una multiplicidad, una superficie o un volumen absolutos, autorreferentes, compuestos por un número determinado de variaciones intensivas inseparables que siguen un orden de proximidad, y recorridos por un punto en estado de sobrevuelo. El concepto es el perímetro, la configuración, la constelación de un acontecimiento futuro. Los conceptos en este sentido pertenecen a la filosofía de pleno derecho, porque ella es la que los crea, y no deja de crearlos.
El concepto es conocimiento, pero conocimiento de uno mismo, y lo que conoce, es el acontecimiento puro, que no se confunde con el estado de las cosas en las que se encarna. Deslindar siempre un acontecimiento de las cosas y de los seres es la tarea de la filosofía cuando crea conceptos, entidades. Establecer siempre el acontecimiento nuevo de las cosas y de los seres, darles siempre un acontecimiento nuevo.
Resulta vano prestar conceptos a la ciencia. Ni siquiera cuando se ocupa de los mismos 'objetos', no lo hace creando conceptos. El concepto filosófico no se refiere a lo vivido, por compensación, sino que consiste, por su propia creación, en establecer un acontecimiento que sobrevuela toda vivencia tanto como cualquier estado de las cosas. Cada concepto talla el acontecimiento, lo perfila a su manera. La grandeza de la filosofía se valora por la naturaleza de los acontecimientos a los que sus conceptos nos incitan, o que nos hace capaces de extraer dentro de unos conceptos. El concepto pertenece a la filosofía y solo pertenece a ella.