Los conceptos filosóficos son fragmentarios. No ajustan unos con otros. Sus bordes no coinciden. Son más producto de dados lanzados al azar que piezas de un rompecabezas. Y sin embargo resuenan, y la filosofía que los crea presenta un Todo poderoso y no fragmentado. Uno-Todo ilimitado, que los incluye a todos en el mismo plano. Es un plano de consistencia, o más exactamente, el plano de inmanencia de los conceptos. Los conceptos y el plano son estrictamente correlativos, pero no por ello deben de ser confundidos. El plano de inmanencia no es un concepto, ni el concepto de todos los conceptos. Si se los confundiera, el plano perdería su apertura.
La filosofía es un constructivismo que tiene dos aspectos complementarios que difieren en sus características: crear conceptos y establecer un plano. Los conceptos son como las olas múltiples que suben y bajan, pero el plano es plano de inmanencia es la ola única que los enrolla y desenrolla. El plano recubre los movimientos infinitos que los recorren y regresan, pero los conceptos son las velocidades infinitas de movimientos finitos que recorren cada vez únicamente sus propios componentes. Desde Epicuro a Spinoza (prodigioso Libro V...), de Spinoza a Michaux, el problema del pensamiento es la velocidad infinita, pero ésta necesita un medio que se mueva en si mismo infinitamente, el plano, el vacío, el horizonte. Es necesaria la elasticidad del concepto, pero también la fluidez del medio. Ambas cosas son necesarias para componer 'los seres lentos' que somos.
Los conceptos son el esqueleto, mientras que el plano es la respiración. Los conceptos son volúmenes absolutos, deformes y fragmentario, mientras que el plano es lo absoluto ilimitado, informe, ni superficie ni volumen, pero siempre fractal. Los conceptos son acontecimientos, pero el plano es el horizonte de los acontecimientos. No el horizonte relativo que funciona como un límite y que cambia con el observador, y que engloba estados de cosas observables, sino el horizonte absoluto, independiente de cualquier observador, y que traduce el acontecimiento como concepto independiente de un estado de cosas visible donde se llevaría a cabo. Los conceptos van pavimentando el plano, palmo a palmo mientras que el plano en sí mismo es el medio indivisible en el que los conceptos se reparten.
El plano de inmanencia no es un concepto pensado ni pensable, sino la imagen del pensamiento, la imagen que se da a si mismo de lo que significa pensar.
El movimiento del infinito no remite a unas coordenadas espaciotemporales. Lo que está en movimiento es el propio horizonte. El horizonte relativo se aleja cuando el sujeto avanza, pero en el horizonte absoluto, en el plano de inmanencia, estamos ahora ya y siempre. Lo que define el movimiento infinito es un vaivén, porque no va hacia un destino sin volver ya sobre sí. Si 'volverse hacia' es el movimiento del pensamiento hacia lo verdadero, ¿cómo no iba lo verdadero a volverse también hacia el pensamiento? El movimiento infinito es doble, y tan solo hay una leve inclinación de uno a otro. En este sentido se dice que pensar y ser son una única y misma cosa. O mejor dicho, el movimiento no es imagen del pensamiento sin ser también materia del ser. En Tales es como agua que retorna. En Heraclito fuego que retorna. Hay la misma velocidad en ambas partes: el átomo va tan deprisa como el pensamiento (Epicuro). El plano de inmanencia tiene dos facetas, como pensamiento y como naturaleza, como physis y como nous. Es por ello que siempre hay muchos movimientos infinitos entrelazados unos dentro de otros plegados unos dentro de otros, de forma que el plano de inmanencia no para de tejerse. Varios movimientos del infinito están tan entremezclados que, lejos de romper el Uno-Todo del plano de inmanencia, constituyen su curvatura variable, sus concavidades y convexidades, su naturaleza fractal en cierto modo. Esta naturaleza fractal hace que sea un infinito siempre distinto de cualquier superficie o volumen asignable como concepto.
El plano no es el mismo en la época de los griegos, en el SXVII o en la actualidad. El plano es por lo tanto objeto de una especificación infinita, que hace que tan solo parezca ser el Uno-Todo en cada caso especificado por la selección del movimiento.
Es esencial no confundirse entre el plano de inmanencia y los conceptos que los ocupan. Los elementos del plano son características diagramáticas, en tanto que los conceptos son características intensivas. Los primeros son movimientos del infinito, mientras que los segundos son las ordenadas intensivas de estos movimientos, como secciones originales o posiciones diferenciales: movimientos finitos cuyo infinito tan solo es ya de velocidad. Los primeros son direcciones absolutas de naturaleza fractal, mientras que los segundos son dimensiones absolutas, superficies o volúmenes siempre fragmentarios, definidas intensivamente. Los primeros son intuiciones, los segundos intensiones. Que cualquier filosofía dependa de una intuición que sus conceptos no cesan de desarrollar con la salvedad de las diferencias de intensidad, esta grandiosa perspectiva leibniziana o bergsoniana está fundamentada si se considera la intuición como el envolvimiento de los movimientos infinitos del pensamiento que recorren sin cesar un plano de inmanencia.
No hay que concluir que los conceptos resultan del plano. Es necesaria una construcción especial distinta de la del plano. Por ese motivo los conceptos tienen que ser creados, igual que hay que establecer el plano. Las características intensivas jamás son las consecuencias de las características diafragmáticas, ni las coordenadas intensivas se deducen de los movimientos o de las direcciones. La correspondencia entre ambos excede incluso las meras resonancias, y hacen intervenir unas instancias adjuntas a la creación de los conceptos, es decir, a los personajes conceptuales.
Así, si la filosofía comienza con la creación de los conceptos, el plano de inmanencia tiene que ser considerado prefilosófico. Se lo presupone, no del modo como un concepto puede remitir a otros, sino del modo en que los conceptos remiten en sí mismos a una comprensión no conceptual.
Esta comprensión intuitiva varía en función del modo en que el plano es establecido. En Descartes se trataba de una comprensión subjetiva e implícita supuesta por el Yo pienso como concepto primero; en Platon era la imagen virtual de un ya pensado que duplicaba cualquier concepto actual; Heidegger invoca una 'comprensión preontológica del ser', una comprensión 'preconceptual'.
La filosofía sienta como prefilosófico la potencia del Uno-Todo como un desierto de arenas movedizas que los conceptos vienen a poblar. Prefilosófico no significa que algo no existe, sino que existe más allá de la filosofía.
Tal vez lo no filosófico esté más en el meollo de la filosofía que la filosofía misma. La filosofía es a la vez creación de conceptos e instauración del plano. El concepto es el inicio de la filosofía, pero el plano es su instauración. Evidentemente el plano no constituye un objetivo. Se trata de un plano de inmanencia que constituye el suelo absoluto de la filosofía.
Precisamente porque el plano de inmanencia es prefilosófico y no funciona ya con conceptos, implica una suerte de experimentación titubeante.
El plano de inmanencia es como una sección del caos, y actúa como un tamiz. El caos se caracteriza menos por la ausencia de determinaciones que por la velocidad infinita a la que estas se esbozan y desvanecen. El caos no es un estado inerte, no es una mezcla azarosa. El caos caotiza y deshace en el infinito toda consistencia. El problema de la filosofía consiste en adquirir una consistencia sin perder lo infinito, en el que el pensamiento se sumerge (el caos en este sentido posee una existencia tanto mental como física). Dar consistencia sin perder nada de lo infinito es muy distinto del problema de la ciencia, que trata de dar unas referencias al caos a condición de renunciar a los movimientos y a las velocidades infinitas y de efectuar primero una limitación de velocidad: lo que es primero en la ciencia es la luz o el horizonte relativo. La filosofía por el contrario procede suponiendo o instaurando el plano de inmanencia: en él las curvaturas variables conservan los movimientos infinitos que vuelven sobre si mismos en el intercambio incesante, y que a su vez no cesan de liberar otros que se conservan. Entonces los conceptos tienen que trazar las ordenadas intensivas de estos movimientos infinitos, como movimientos en si mismos finitos que forman a velocidad infinita perímetros variables inscritos en el plano. Efectuando una sección del caos, el plano de inmanencia apela a una creación de conceptos.
Los griegos podrían haber sido los primeros en haber concebido una inmanencia estricta del Orden en un medio cósmico que corta el caos a la manera de un plano. Si se llama 'logos' a un plano-tamiz, hay mucho trecho del logos a la mera 'razón'. La razón no es más que un concepto, y un concepto muy pobre para definir el plano y los movimientos infinitos que lo recorren. Resumiendo, los primeros filósofos son los que instauran un plano de inmanencia como un tamiz tendido sobre el caos. Se oponen en este sentido a los sabios, los personajes de la religión, porque conciben la instauración de una orden siempre trascendente impuesto desde fuera por un gran déspota o un dios superior. Hay religión cada vez que hay trascendencia, Ser vertical, Estado imperial en el cielo o en la tierra, y hay filosofía cada vez que hay inmanencia, aun cuando sirva de ruedo al agon y a la rivalidad.
Tal vez las dos determinaciones eventuales de la filosofía como griega estén profundamente vinculadas. Únicamente los amigos pueden tener un plano de inmanencia, como un suelo que se hurta a los ídolos.
EJEMPLO3:
¿Cabe presentar toda la historia de la filosofía desde la perspectiva de la instauración de un plano de inmanencia? Se distinguiría entonces entre los fisicalistas, que insisten en la materia del ser, y los noologistas, que lo hacen sobre la imagen del pensamiento.Pero hay un riesgo que surge de inmediato: en vez de ser el plano de inmanencia el que constituye en si mismo esta materia del ser o esta imagen del pensamiento, es la inmanencia la que se referiría a algo que sería como un dativo, materia o espíritu. Es lo que se hace evidente con Platon y sus sucesores. En vez de que un plano de inmanencia constituya el Uno-Todo, la inmanencia es 'del' Uno, de tal modo que otro Uno, esta vez trascendente, se superpone a aquel en el que la inmanencia se extiende o al que se atribuye: siempre un Uno más allá del Uno, tal será la fórmula de los neoplatónicos. Cada vez que se interpreta la inmanencia como 'de' algo, se produce una confusión del plano y el concepto, de tal modo que el concepto se convierte en una universal trascendente, y el plano en un atributo dentro del concepto. No reconocido de este modo, el plano de inmanencia relanza lo trascendente: es un mero campo de fenómenos que ya solo posee de segunda mano lo que se atribuye primero a la unidad trascendente.Con la filosofía cristiana la situación empeora, porque se ha de respetar a un dios trascendente creador.A partir de Descartes, y con Kant y Husserl, el cogito hace que sea posible tratar el plano de inmanencia como un campo de conciencia. Y es que la inmanencia es considerada inmanente a una conciencia pura, a un sujeto pensante. Kant llamará a este sujeto trascendental. Kant encuentra la forma moderna de salvar la trascendencia. No se trata de la trascendencia de un Algo o de un Uno superior a todo (contemplación), sino de la de un Sujeto al que no se atribuye el campo de inmanencia sin pertenecer a un yo que necesariamente se representa a un sujeto así (reflexión). El mundo griego, que no pertenecía a nadie, se convierte cada vez más en propiedad de una conciencia cristiana.Un paso más: cuando la inmanencia se vuelve inmanente a una subjetividad trascendental, tiene que aparecer en el seno de su propio campo la señal de una trascendencia en tanto que acto que remite ahora a otro yo, a otra conciencia (comunicación). Eso es lo que sucede con Husserl y con muchos de sus sucesores, que descubre en el Otro o en la Carne la bor de topo de lo trascendente en la propia inmanencia. Husserl concibe la inmanencia como el flujo de la vivencia hacia la subjetividad, pero como toda esa vivencia no pertenece enteramente al yo que se la representa, algo trascendente vuelve a establecerse en el horizonte: unas veces bajo la forma de una trascendencia inmanente habitada por objetos intencionales, otras como trascendencia privilegiada de un mundo intersubjetivo habitado por otros yo, y otras como trascendencia objetiva de un mundo ideal habitado por formaciones culturales y la comunidad de seres humanos.En esta época moderna, ya no nos vale con vincular la inmanencia a un trascendente. Queremos concebir la trascendencia dentro de lo inmanente, y es de la inmanencia de donde esperamos una ruptura. En cuanto el movimiento del infinito se detiene. Los tres tipos de Universales, contemplación, reflexión y comunicación son como tres épocas de la filosofía: la eidética, la crítica y la fenomenología, que no se separan de la historia de una prolongada ilusión. Había que llagar hasta ahí en la inversión de los valores: hacernos creer que la inmanencia es una cárcel de la que nos salva lo trascendente.El supuesto de Sastre, de un campo trascendental impersonal, devuelve a la inmanencia sus derechos. Cuando la inmanencia ya solo es inmanente a algo distinto de sí es cuando se puede hablar de un plano de inmanencia. Tal vez un plano semejante constituya un empirismo radical: no presentaría un flujo de la vivencia inmanente a un sujeto, y que se individualizaría en lo que pertenece a un yo. Solo presenta acontecimientos, es decir, mundos posibles en tanto que conceptos, y unos Otros, como expresiones de mundos posibles o de personajes conceptuales. El acontecimiento no remite la vivencia a un sujeto trascendente=yo, sino que se refiere al sobrevuelo inmanente de un campo sin sujeto; el Otro no devuelve trascendencia a otro yo, sino que devuelve a cualquier otro yo a la inmanencia del campo sobrevolado. El empirismo solo conoce acontecimientos y a Otros,con lo que resulta un gran creador de conceptos.Quien sabía que la inmanencia solo pertenecía a sí misma, y que por lo tanto era un plano recorrido por los movimientos del infinito, rebosante de ordenadas intensivas, era Spinoza. No pactó con la trascendencia. Hizo el movimiento del infinito, y confirió al pensamiento velocidades infinitas en el tercer tipo de conocimiento, en el último libro de la ética. No se trata de que la inmanencia se refiera a la sustancia y a los modos spinozistas, sino que, al contrario, son los conceptos spinozistas de sustancia y modo los que se refieren al plano de inmanencia como a su presupuesto. Este plano tiende hacia nosotros sus dos facetas: potencia de ser y potencia de pensar. Spinoza es el vértigo de la inmanencia del que tantos filósofos tratan de escapar en vano. ¿Estaremos alguna vez maduros para una inspiración spinozista? Le sucedió a Bergson en una ocasión: el inicio de materia y memoria traza un plano que corta el caos, a la vez movimiento infinito de una materia que no deja de propagarse e imagen de un pensamiento que no deja de propagar por doquier una conciencia pura en derecho.
El plano es circunscrito por ilusiones. Se trata de espejismos del pensamiento. Habría que delimitarla, como hizo Nietzsche después de Spinoza, estableciendo la lista de los cuatro grandes errores:
- La ilusión de trascendencia: tal vez anteceda a todas las demás. Doble faceta: hacer que la inmanencia se torne inmanente a algo, y volver a encontrar una trascendencia en la propia inmanencia.
- La ilusión de los universales: cuando se confunden los conceptos con el plano, pero esa confusión se hace a partir del momento en que se plantea una inmanencia a algo, puesto que ese algo es necesariamente concepto: se cree que el universal explica, cuando es él el que ha de ser explicado, y se cae en una triple ilusión: la de la contemplación, la de la reflexión o la de la comunicación.
- La ilusión de lo eterno: cuando se olvida que los conceptos tiene que ser creados.
- La ilusión de la discursividad: cuando se confunden las proposiciones con los conceptos.
El plano de inmanencia toma prestadas del caos determinaciones que convierte en sus movimientos infinitos, o en sus rasgos diagramático. A partir de ahí se deben suponer infinitos planos, puesto que ninguno abarcaría todo el caos sin recaer en él, teniendo cada uno solo unos movimientos que se dejan plegar juntos. Si la historia de la filosofía presenta tantos planos no es solo debido a la variedad de ilusiones. Cada plano lleva a cabo una selección de lo que pertenece de pleno derecho al pensamiento, pero esta selección varía de uno a otro. Cada plano de inmanencia es un Uno-Todo: no es parcial (como un conjunto científico) ni fragmentario (como los conceptos) sino distributivo: es un 'cada uno'. El plano de inmanencia es hojaldrado. Resulta difícil valorar en cada caso si hay un único plano o planos diferentes.
Llevando las cosas al límite, ¿no resulta que cada gran filósofo establece un plano de inmanencia nuevo, de forma que no habría dos filósofos sobre el mismo plano? Y cuando se distinguen varias filosofías en un mismo autor, ¿no será que ha cambiado de plano? ¿Como entendernos entonces? ¿No estamos condenados a tener que construir nuestro propio plano? ¿No significa eso reconstruir una especie de caos? Los planos ora se pegan ora se separan. Por eso cada plano no solo está hojaldrado, sino también agujereado, permitiendo el paso de las nieblas que lo envuelven. Que las nieblas sean tantas lo explicamos de dos maneras:
- El pensamiento no puede evitar interpretar la inmanencia como inmanente a algo, gran Objeto de la contemplación, Sujeto de la reflexión, Otro sujeto de la comunicación. Resulta fatal entonces que la trascendencia se introduzca de nuevo.
- Si no podemos evitarlo, es porque al parecer cada plano de inmanencia solo puede pretender ser único. Ser EL PLANO, reconstituyendo el caos que tenía que conjurar.
Podéis elegir entre la trascendencia y el caos...
EJEMPLO4:
Un rasgo no es aislable. El movimiento sometido a un signo negativo se encuentra el mismo plegado en otros movimientos de signos positivos o ambiguos.En la imagen clásica, el pensamiento se presenta como deseando lo verdadero, orientado hacia lo verdadero, vuelto hacia lo verdadero. Todo el mundo sabe lo que quiere decir pensar, y está capacitado de derecho para pensar. Esta confianza es lo que anima la imagen clásica: una relación con la verdad que constituye el movimiento infinito del conocimiento como rasgo diagramático.Lo que pone de manifiesto el siglo XVIII, de la luz natural a las luces, es la sustitución del conocimiento por la creencia: un nuevo movimiento infinito que implica otra imagen del pensamiento. Ya no se trata de volverse hacia, sino de seguir el rastro. De deducir entes de aprehender y ser aprehendido. ¿En que condición puede ser legítima una creencia que se ha vuelto profana? Esta cuestión solo tiene respuesta con los grandes conceptos empiristas (asociación, relación, probabilidad...) pero inversamente esos conceptos presuponen los rasgos diagramáticos que convierten primero la creencia en un movimiento infinito independientemente de la religión, que recorre el nuevo plano de inmanencia.Si intentamos esbozar los rasgos de una imagen moderna del pensamiento no lo haremos de manera triunfante. Todas las imágenes del pensamiento se topa con el error y el desvarío. La relación del pensamiento con lo verdadero jamás ha sido cosa sencilla. La primera imagen moderna de esto es renunciar a esta relación, para considerar que la verdad es únicamente lo que crea el pensamiento, habida cuenta del plano de inmanencia que el pensamiento se da por presupuesto, y de todos los rasgos de este plano, tantos positivos como negativos, que se han vuelto indescernible: el pensamiento es creación, y no voluntad de verdad, como muy bien Nietzsche supo hacer comprender. SI no hay voluntad de pensar, a la inversa de lo que sucede en la imagen clásica, es porque el pensamiento constituye una mera posibilidad de pensar, sin definir aun un pensador que fuera capaz de ello y pudiera decir: Yo. ¿Qué violencia tiene que ejercerse sobre el pensamiento para que nos volvamos capaces de pensar, violencia de un movimiento infinito que a la vez nos priva del poder decir Yo?
Platón y los neoplatónicos, kant los neokantianos... los filósofos pueden crear conceptos nuevos sin abandonar el plano... pero al realizar su crítica están cambiando el plano... ¿en que momento este constituye uno nuevo?
¿Es un plano mejor que otro? ¿Responde a las exigencias de la época? El tiempo de la filosofía se trata de un tiempo estratigráfico, en el que el antes y el después solo indican un orden de superposiciones. Se trata del devenir infinito de la filosofía, que se solapa pero que no se confunde con su historia. La filosofía es devenir y no historia, es coexistencia de planos, y no sucesión de sistemas. Los planos pueden así separarse o reunirse. Comparten el restaurar la trascendencia y la ilusión (no pueden evitarlo) pero también el combatirlas con ahínco. ¿Existe un plano mejor que no entregue la inmanencia a Algo y que deje de imitar algo trascendente? Diríase que EL plano de inmanencia es a la vez lo que tiene que ser pensado y lo que no puede ser pensado. Es el zócalo de todos los planos, inmanente a cada plano pensable que no llega a pensarlo. Es lo más íntimo fuera del pensamiento, y no obstante el afuera absoluto. Un afuera más lejano que cualquier mundo exterior, porque es un adentro más profundo que cualquier mundo interior: es la inmanencia, la intimidad en tanto que Afuera, el exterior convertido en la intrusión que sofoca y en la inversión de lo uno y lo otro. El vaivén incesante del plano, el movimiento infinito. Tal vez sea este el gesto supremo de la filosofía: no tanto pensar EL plano de inmanencia, sino poner de manifiesto que está ahí, no pensado en cada plano. Pensarlo de este modo, como el afuera y el adentro del pensamiento el afuera no exterior o el adentro no interior.