EJEMPLO5:
El cogito de Descartes es creado como concepto, pero tiene presupuestos. Pero no como concepto que supone otros conceptos. Los presupuestos son implícitos, subjetivos y preconceptuales, y forman una imagen del pensamiento: todo el mundo sabe lo que significa pensar. Todo el mundo tiene la posibilidad de pensar. Todo el mundo quiere lo verdadero. ¿Hay algo más además del concepto y el plano de inmanencia? Si. Algo un poco misterioso que aparece a ratos, y que parece tener una existencia confusa. Por el momento se trata del Idiota: él es quien dice 'Yo'. El es quien lanza el cogito. Pero también es quien controla los presupuestos objetivos o establece el plano.El Idiota es el pensador privado, por oposición al pensador público (el escolástico). Este remite sin cesar a unos conceptos aprendidos (el hombre-animal racional), mientras que el pensador privado forma un concepto con unas fuerzas innatas que todo el mundo posee por derecho por su cuenta (yo pienso). Es un personaje que piensa por sí mismo, por luz natural. El Iditoa es personaje conceptual.
El personaje conceptual aparece poco o por alusión. Pero ahí está. Aunque subterráneo, siempre tiene que ser reconstruido por el lector.
Los personajes conceptuales ejecutan los movimientos que describen el plano de inmanencia. Los personajes del diálogo exponen conceptos. No siempre ambas cosas coinciden. El personaje conceptual no es el representante del filósofo. Es incluso su contrario.
La diferencia entre los personajes conceptuales y las figuras estéticas consiste en primer lugar en lo siguiente: unos son potencias de conceptos, los otros potencias de afectos y de perceptos. Unos operan sobre un plano de inmanencia que es una imagen del pensamiento-ser (noúmeno), los otros sobre un plano de composición como imagen del universo (fenómeno).
El arte y la filosofía seccionan el caos y se enfrentan a él, pero no se trata del mismo plano de sección, ni de la misma manera de poblarlo. Constelaciones de universo o afectos y perceptos en el primer caso, complexiones de inmanencia o conceptos en el segundo. No es que el arte piense menos que la filosofía, es que piensa por afectos y perceptos.
Eso no impide que ambas entidades pasen a menudo de una a otra. El concepto puede ser concepto de afecto, y el afecto puede ser afecto de concepto. El plano de composición del arte y el plano de inmanencia de la filosofía pueden solaparse mutuamente, hasta el punto de que retazos del uno estén ocupados por entidades del otro. Un pensador puede instaurar un plano de inmanencia nuevo, pero en lugar de crear conceptos nuevos que lo ocupen, lo puebla con otras entidades poéticas, novelescas o musicales.
Los personajes conceptuales tienen este papel, manifestar los territorios, desterritorializaciones y reterritorializaciones absolutas del pensamiento. Los personajes conceptuales son unos pensadores, únicamente unos pensadores, y sus rasgos personalísticos se unen estrechamente con los rasgos diagramáticos del pensamiento y con los rasgos intensivos de los conceptos.
Ninguna lista de los rasgos de los personajes conceptuales puede ser exhaustiva, puesto que éstos nacen constantemente, y puesto que varían con los planos de inmanencia. Existen rasgos relacionales, dinámicos, jurídicos y existenciales.
EJEMPLO6:
Incluso las ilusiones de trascendencia nos sirven y `producen anécdotas vitales.
El personaje conceptual y el plano de inmanencia están en presuposición recíproca. Ora el personaje parece preceder al plano, ora sucederle. Y es que aparece dos veces interviene dos veces.
- Por Una parte se sumerge en el caos, del que extrae unas determinaciones de las que hará los rasgos diagramáticos de un plano de inmanencia. Es como si se apoderara de un puñado de dados, en el azar-caos, para echarlos sobre una mesa.
- Por la otra, hace corresponder con cada dado que cae los rasgos intensivos de un concepto que viene a ocupar tal o cual región de la mesa, como si esta se hendiese en función de sus cifras
Con sus rasgos personalísticos, el personaje conceptual interviene pues entre el caos y los rasgos diagramáticos del plano de inmanencia, pero también entre el plano y los rasgos intensivos que vienen a poblarlo.
Los personajes conceptuales constituyen los puntos de vista según los cuales unos planos de inmanencia se distinguen o se parecen, pero también las condiciones bajo las cuales cada plano se encuentra llenado por conceptos de un mismo grupo.
Todo pensamiento es un Fiat, echa los dados: constructivismo. Pero se trata de un juego muy complejo. Todo concepto es una cifra que no preexistía. Los conceptos no se deducen del plano. Hace falta el personaje conceptual para crearlos sobre el plano, como hace falta para trazar el propio plano, pero ambas operaciones no se confunden en el personaje, que se presenta a sí mismo como un operador distinto.
Los planos son innumerables, y se agrupan y se separan en función de los puntos de vista constituidos por los personajes. Cada personaje tiene varios planos, que pueden dar lugar a otros personajes, en el mismo plano u otro. Hay personajes antipáticos ligados a los simpáticos, y conceptos revulsivos ligados a los atractivos.
La filosofía presenta tres elementos de los que cada cual responde a los otros dos, pero debe ser considerada por su cuenta: el plano pre-filosófico que debe trazar (inmanencia), el o los personajes pro-filosóficos que debe inventar y hacer vivir (insistencia), los conceptos filosóficos que debe crear (consistencia). Trazar. inventar, crear constituyen la trinidad filosófica. Rasgos diagramáticos, personalísticos e intensivos.
Como ninguno es deducible de los otros dos, es necesaria una co-adaptación de los tres. Se llama gusto a esta facultad filosófica de co-adaptación, y que regula la creación de los conceptos. Si llamamos Razón al trazado del plano, Imaginación a la invención de los personajes y Entendimiento a la creación de conceptos, el gusto se presenta como la triple facultad del concepto todavía indeterminado, del personaje aún en el limbo, del plano todavía transparente. Por este motivo hay que crear, inventar, trazar, pero el gusto es como la regla de correspondencia de las tres instancias que difieren en su propia naturaleza.
Lo que aparece en todos los casos como gusto filosófico es el amor por el concepto bien hecho, donde la actividad conceptual carece de limites en si misma, excepto en las otras dos actividades sin límites.Si los conceptos existieran ya hecho y acabados, tendrán unos límites que habrá que acatar. Pero incluso el plano pre-filosófico solo es designado con ese nombre porque es trazado en tanto que presupuesto, y no porque existiera sin ser trazado. Las tres actividades son estrictamente simultáneas, y las únicas relaciones que tienen son inconmensurables. La creación de los conceptos no tiene más límite que el plano que va a poblar, pero el propia plano es ilimitado, y su trazado solo concuerda con los conceptos que se van a crear, a los que tendrá que enlazar, o con los personajes que se van a inventar, a los que tendrá que sostener.
El filósofo se acerca al concepto indeterminado con temor y respeto, como un pintor a los colores. Vacila mucho antes de lanzarse. Pero solo puede determinar conceptos creando desmesuradamente, con el plano de inmanencia que traza como regla única, y con los extraños personajes que hace vivir como única brújula. El gusto filosófico no sustituye la creación ni la modera. Es por el contrario la creación de conceptos la que recurre a un gusto que la modula. La creación libre de conceptos determinados necesita un gusto del concepto indeterminado. El gusto es esta potencia, este ser en potencia del concepto: no es ciertamente por razones 'racionales o razonables por lo que se crea tal concepto, por lo que se escogen tales componentes. Nietzsche presintió esta relación de la creación de los conceptos con un gusto propiamente filosófico, y si es filósofo es aquel que crea los conceptos es gracias a una facultad del gusto como una saber instintivo, casi animal.
Un concepto carece de sentido mientras no se enlaza con otros conceptos, y no enlaza con un problema que resuelve o que contribuye a resolver. Pero es importante distinguir entre los problemas filosóficos y los problemas científicos. Como los conceptos no son proposicionales, no pueden remitir a unos problemas que concernirían a las condiciones en extensiones de proposiciones asimilables a las de la ciencia. Si a pesar de todo nos empeñamos en traducir el concepto filosófico en proposiciones, sólo podrá ser así bajo la forma de opiniones más o menos verosímiles, y carentes de valor científico. Pero nos topamos entonces con una dificultad con la que ya los griegos se enfrentaban. Incluso constituye el tercer carácter bajo el cual la filosofía es considerada como algo griego: la ciudad griega promociona al amigo o al rival como relación social, traza un plano de inmanencia, pero hace también reinar la libre opinión (doxa). La filosofía tiene entonces que extraer de las opiniones un 'saber' que las transforme y que tampoco se distingue de la ciencia. Así pues, el problema filosófico consistiría en encontrar en cada caso la instancia capa de medir un valor de verdad de las opiniones opinables, o bien seleccionando unas en cuanto que más sabias que otras, o bien determinando cuál es la parte que le corresponde a cada cual. Este y no otro ha sido siempre el significado de lo que se llama dialéctica, y que reduce la filosofía a la discusión interminable. En Platón unos Universales de contemplación miden el valor respecto de las opiniones rivales para elevarlas al saber. Las aporías que plantea, obligan a Aristóteles a orientar la investigación dialéctica de los problemas hacia unos universales de comunicación (los tópicos). Para Kant el problema consiste en la selección o en el reparto de las opiniones opuestas pero gracias a unos universales de reflexión, hasta que Hegel tiene la ocurrencia de utilizar la contradicción de las opiniones rivales para obtener de ellas proposiciones supracientíficas, capaces de moverse, de contemplarse, de reflejarse, de comunicarse e ellas mismas y en lo absoluto (proposición especulativa en la que las opiniones se convierten en los momentos del concepto). Pero bajo las ambiciones más elevadas de la dialéctica, independientemente de la genialidad de los grandes dialécticos, volemos a sumirnos en lo que Nietzsche diagnosticaba como el arte de la plebe, o el mal gusto de la filosofía: la reducción del concepto a proposiciones en cuanto que meras opiniones; la absorción del plano de inmanencia en las percepciones erróneas y los malos sentimientos (ilusiones de la trascendencia o de los universales); el modelo de un saber que tan solo constituye una opinión pretendidamente superior, Urdoa; la sustitución de personajes conceptuales por profesores de escuela. La dialéctica pretende encontrar una discursividad propiamente filosófica, pero tan solo puede hacerlo concatenando las opiniones unas con otras. Por mucho que supere la opinión hacia el saber, la opinión aflora. Surge la misma melancolía que en las cuestiones disputadas y de los quodlibets de la edad media, donde aprendemos lo que cada doctor ha pensado, sin saber por que la ha pensado (el Acontecimiento), y nos topamos con una historia de la filosofía donde se pasa revista a las soluciones sin saber jamás cual es el problema, puesto que el problema solo está calcado de las proposiciones que le rieven de respuesta.
Si la filosofía es paradójica por naturaleza no es porque toma partido por las opiniones menos verosímiles, ni porque sostiene las opiniones contradictorias, sino porque utiliza las frases de una lengua estándar para expresar algo que no pertenece al orden de la opinión, ni siquiera al de la proposición. El concepto es una solución, pero el problema al que responde reside en sus condiciones de consistencia intensional, no, como en la ciencia, en las condiciones de referencia de las proposiciones extensionales. Si el concepto es una solución, las condiciones del problema filosófico están sobre el plano de inmanencia que el concepto supone, y las incógnitas del problema están en los personajes conceptuales que moviliza. Un concepto como el conocimiento solo tiene sentido en relación con una imagen del pensamiento a la que remite, y con un personaje conceptual que necesita. Otra imagen, otro personaje, reclaman otros conceptos. Una solución no tiene sentido al margen del problema por determinar y sus condiciones.
Bergson, que contribuyó a definir el problema filosófico, decía que un problema bien planteado es un problema resuelto. Lo que no significa que el problema sea la sombra de la solución, o ésta la consecuencia analítica del problema. Significa que las tres actividades que componen el construccionsmo se relevan sin cesar, se sopalan sin cesar, una precediendo a la otra, ora a la inversa, una consistiendo en crear los conceptos como casos de solución, otra en trazar un plano y un movimiento sobre el plano como condiciones del problema, y otra en inventar un personaje como incógnita del problema. El conjunto del problema (del que la propia solución también forma parte) consiste siempre en construir los otros dos cuando el tercero se esta haciendo. De Platón a Kant, el pensamiento, lo primero, el tiempo... adquieren conceptos diferentes capaces de determinar soluciones, pero en función de presupuestos que determinan problemas diferentes. Los mismos términos pueden aparecer en posiciones diferentes.
Se construyen problemas y soluciones de los que se puede decir 'fallido', 'logrado', pero tan solo a medida que se van construyendo. El constructivismo descalifica cualquier discusión que retrase las construcciones necesarias, del mismo modo que denuncia todos los universales, la contemplación, la reflexión y la comunicación en tanto que fuentes de los así llamados 'falsos problemas' que emanan de las ilusiones que rodean al plano. No se puede decir más de antemano. Puede parecer que habíamos encontrado una solución, pero una curvatura nueva del plano que no habíamos visto primero vuelve a relanzar el conjunto y a plantear problemas nuevos, solicitando conceptos futuros que habrá que crear. Inversamente puede ocurrir que un concepto nuevo se hunda como una cuña entre dos conceptos que creíamos próximos, solicitado sobre la tabla de inmanencia la determinación de un problema que surge como una especie de añadido. La filosofía vive en una crisis permanente. El plano opera a sacudidas, los conceptos proceden por ráfagas y los personajes a tirones. Lo que resulta problemático por naturaleza es la relación entre las tres instancias.
NO se puede decir a priori si un problema está bien planteado, o una solucion es la que conviene, o si un personaje es viable, Cada una de las actividades filosóficas solo tiene criterio dentro de las otras dos, y es por ese motivo por el que la filosofía se desarrolla en la paradoja. La filosofía no consiste en saber, y no es la verdad lo que inspira la filosofía sino que son categorías como Interesante, Notable o Importante lo que determina el éxito o el fracaso (Intensivas?]. Ahora bien. no se puede saber antes de haber construido. NO se dirá de un libro de filosofia que es falso, sino que no es Interesante, porque no crea concepto alguno, no aporta una imagen del pensamiento, ni engendran un personaje que valga la pena. Son las categorías del espíritu. UN personaje conceptual tiene que ser original único, como uno novelesco. Incluso aun cuando sea antipático o repulsivo, tiene que ser interesante.
Los conceptos más universales, los que se representan como formas o valores eternos, son los mas esqueléticos. Los menos interesantes. No hacemos nada positivo cuando nos limitamos a esgrimir conceptos prestados de los viejos filósofos, olvidando que estos si creaban sus conceptos. Hasta la historia de la filosofía carece de todo interés si no se propone despertar un concepto adormecido, representarlo otra vez sobre un escenario nuevo, aun a costa de volverlo contra si mismo.
(G.Deleuze & F.Guattari, ¿Qué es la filosofía?, I.3)