El objeto de la ciencia no son conceptos, sino funciones que se presentan como proposiciones dentro de unos sistemas discursivos. Los elementos de esas proposiciones se llaman functores. Una noción científica no se determina por conceptos, sino por funciones o proposiciones. Esta idea de función es lo que permite que las ciencias puedan reflexionar y comunicar. La ciencia no necesita para nada a la filosofía para llevar a cabo estas tareas. Por el contrario, cuando un objeto está científicamente construido por funciones, un espacio geométrico por ejemplo, todavía hay que encontrar un concepto filosófico que en modo alguno viene implícito en la función.
La ciencia y la filosofía tienen distinta actitud respecto al caos. El caos se define menos por su desorden que por la velocidad infinita a la que se esfuma cualquier forma que se esboce en su interior. Es un vacío que no es una nada, sino un virtual, que contiene todas las partículas posibles y que extrae todas las formas posibles que surgen para desvanecerse en el acto, sin consistencia ni referencia. Sin consecuencias. Es una velocidad infinita de nacimiento y desvanecimiento.
Ahora bien, la filosofía plantea como conservar las velocidades infinitas sin dejar de ir adquiriendo mayor consistencia, otorgando una consistencia propia a lo virtual. El cedazo filosófico, en tanto que plano de inmanencia que solapa el caos, selecciona movimientos infinitos del pensamiento, y se surte de conceptos formados así como de partículas consistentes que van tan deprisa como el pensamiento.
La ciencia aborda el caos de un modo totalmente distinto, casi inverso: renuncia a lo infinito, a la velocidad infinita, para adquirir una referencia capaz de actualizar lo virtual.
Conservando lo infinito, la filosofía confiere una consistencia a lo virtual por conceptos; renunciando a lo infinito, la ciencia confiere a lo virtual una referencia que lo actualiza por funciones. La filosofía procede con un plano de inmanencia o de consistencia. La ciencia con un plano de referencia.
En el caso de la ciencia, es como una detención de la imagen. Se trata de una desaceleración fantástica, y la materia se actualiza por desaceleración, pero también el pensamiento científico capaz de capaz de penetrarla mediante proposiciones. Una función es una desaceleración.
Reducir la velocidad es poner un límite en el caos por debajo del cual pasan todas las velocidades, de tal modo que forman una variable determinada en tanto que abcisa, al mismo tiempo que el límite forma una constante universal que no se puede superar (por ejemplo una contracción máxima). Los primeros functores constituyen por lo tanto el límite y la variable, y la referencia representa una relación entre valores de la variable, o con mayor profundidad la relación de la variable en tanto que abcisa de las velocidades con el límite.
Puede ocurrir que la constante-límite aparezca en sí misma como una relación en el conjunto del universo al que todas las partes están sometidas bajo una condición finita (cantidad de movimiento, de fuerza, de energía...). Aunque es necesario que existan unos sistemas de coordenadas a los que remitan los términos de la relación. Así pues se trata de un segundo sentido del límite, de un encuadre externo o de una exorreferencia, ya que los protolímites, fuera de las coordenadas, engendran primero abcisas de velocidades sobre las que se erigen los ejes coordinables. Una partícula tendrá una masa y un spin, pero siempre y cuando atterice en una existencia o una realidad física que unos sistemas de coordenadas puedan recoger. Estos límites primeros constituyen la desaceleración dentro del caos. No valen solo por el valor empírico que adquieren dentro de un sistema de coordenadas, sino que actúan en primer lugar como condición de desaceleración primordial que se extiende en relación con el infinito por toda la escala de la velocidades correspondientes.
La ciencia no está obsesionada por su propia unidad, sino por el plano de referencia constituido por todos los límites bajo los cuales se enfrenta al caos. Esos límites son los que confieren al plano sus referencias; en cuanto a los sistemas de coordenadas, pueblan o surten el propio plano de referencia.
EJEMPLO10:
Resulta difícil comprender como el límite se imbrica inmediatamente en lo infinito, en lo ilimitado. Y sin embargo no es la cosa limitada lo que impone un límite a lo infinito, sino que es el límite lo que hace posible algo ilimitado. Todo límite es ilusorio y toda determinación es negación, es la determinación no está en relación inmediata con lo indeterminado. La teoría de la ciencia y de las funciones depende de ello. Así lo pensaban Pitagorás, Anaximandro y hasta Platón.Más adelante, es Cantor quien confiere a la teoría sus fórmulas matemáticas, desde una perspectiva doble, intrínseca (un conjunto es infinito si hay una correspondencia de todos sus términos con una de sus partes, por ejemplo los números enteros) y extrínseca (un conjunto es infinito si el conjunto de partes del conjunto es mayor o contiene el conjunto inicial, por ejemplo los números reales)Lo que hace la teoría de conjuntos es inscribir el límite en el propio infinito, sin lo que jamás existiría el límite. Instaura una desaceleración, o más bien, como diría el propio Cantor una detención. Sin este principio de detención o de desaceleración, existiría un conjunto de todos los conjuntos que Cantor ya rechaza, y que solo podría ser el caos, como lo demuestra Rusell.La teoría de los conjuntos es la construcción de un plano de referencia que no solo comporta una endorreferencia (determinación intrínseca de un conjunto infinito), sino también ya una exorreferencia (determinación extrínseca).A pesar del esfuerzo explícito de Cantor para unir el concepto filosófico y la función científia, la diferencia característica subsiste, ya que el primero se desarrolla en un plano de inmanencia o de consistencia sin referencia, mientras que la segunda lo hace en un plano de referencia desprovisto de consistencia (Godel).
Cuando el límite engendra por desaceleración una abcisa de las velocidades, las formas virtuales del caos tienden a actualizarse según una ordenada. El plano de referencia efectúa una preseleccion que empareja las formas con los límites o con las abcisas consideradas. Pero no por ello las formas dejan de constituir variables independientes de las que se desplazan en la abcisa. Cosa que es completamente diferente del concepto filosófico: las ordenadas intensivas [extensivas? ya no designan componentes inseparables aglomerados dentro del concepto en tanto que sobrevuelo absoluto (variaciones) sino determinaciones distintas que tienen que emparejarse dentro de una formación discursiva con otras determinaciones tomadas en extensión (variables).
(...)
¿Hay varios planos de referencia o bien uno único? La respuesta no será la misma que en el caso del plano de inmanencia filosófico, de sus capas o estratos superpuestos. La referencia, puesto que renuncia al infinito, solo puede proceder de cadenas de functores, que se rompen en algún momento. Las bifurcaciones, aceleraciones y desaceleraciones producen cortes, agujeros, que remiten a otras variables, otras relaciones y otras referencias. Por ejemplo, los números fraccionarios rompen con los enteros, la geometría riemanniana con la euclideana. Pero en otro sentido, el número entero se presenta como un caso particular de los fraccionarios, Bien es verdad que este proceso unificador que opera en el sentido retroactivo provoca que intervengan necesariamente otras referencias cuyas variables no solo están sometidas a unas condiciones de restricción para producir el caso particular, sino que en sí mismas están sometidas a nuevas rupturas y bifurcaciones que cambiarían sus propias referencias. Es lo que ocurre cuando se deriva a Newton de Einstein, o la geometría euclideana de una geometría métrica abstracta. Cosa que equivale a decir con Kuhn que la ciencia es paradigmatica, mientras que la filosofía era sintagmática.
Al igual que a la filosofía, a la ciencia tampoco le basta con una sucesión temporal lineal, pero en vez de un tiempo estratigráfico, que expresa el antes y el después en un orden de las superposiciones, desarrolla un tiempo serial, ramificado, en el que el antes designa siempre bifurcaciones y rupturas futuras, y el después reencadenamientos retroactivos. En ocasiones resulta interesante interpretar la historia de la filosofía según ese ritmo científico, pero decir que Kant rompe con Descartes, y que el cogito cartesiano se convierte en un caso particular del cogito kantiano no resulta plenamente satisfactorio (así como tampoco resultaría satisfactorio establecer entre newton y einstein un orden de superposición). El sabio nos persuade de que no hay razón para volver a recorrer el camino ya recorrido. No se pasa por una ecuación nominada, se la utiliza. Lejos de distribuir unos puntos cardinales que organizan los sintagmas sobre un plano de inmanencia, el nombre propio del sabio erige unos paradigmas que se proyectan en los sistemas de referencia necesariamente orientados.
Es menos problemática la relación de la religión con la filosofía que la ciencia con la religión, pues ambas tienden a uniformizar. Lo que hace que la religión y la ciencia se aproximen es que los functores no son conceptos, son figuras, que se definen mucho más por una tensión espiritual que una intuición espacial. Pero lo que reafirma la oposición entre ciencia y religión, y hace además imposible la unidad de la ciencia, es la sustitución de la referencia a cualquier trascendencia, determinando un modo exclusivamente científico según el cual la figura debe de ser construida, vista y leida por functores.
La primera diferencia entre la filosofía y la ciencia reside en el presupuesto respectivo del concepto y la función: un plano de inmanencia o de consistencia en el primer caso, un plano de referencia en el segundo. El plano de referencia es uno y múltiple a la vez, pero de otro modo que el plano de inmanencia.
La segunda diferencia atañe al concepto y a la función. La inseparabilidad de las variaciones es lo propio del concepto incondicionado, mientras que la independencia de las variables, en unas relaciones condicionables, pertenece a las función. En un caso tenemos un conjunto de variaciones inseparables bajo 'una razón contingente' que constituye el concepto de las variaciones; en el otro caso un conjunto de variables independientes bajo 'una razón necesaria' que constituye la función de las variables.
La ciencia y la filosofía tienen siguen dos sendas opuestas. Los conceptos filosóficos tienen como consistencia acontecimientos. mientras que las funciones científicas tienen como referencia unos estados de cosas o mezclas.
Así pues, el concepto filosófico y la función científica se distinguen de acuerdo con dos caracteres vinculados: variaciones inseparables, variables independientes; acontecimientos en un plano de inmanencia, estados de cosas en un sistema de referencia. Así pues, los conceptos y las funciones se presentan como dos tipos de multiplicidades o variedades que difieren por su naturaleza.
Para las multiplicidades propiamente filosóficas, Bergson reclamaba un estatuto especial definido por la duración, 'multiplicidad de fusión', que expresaba la inseparabilidad de las variaciones, por oposición a las multiplicidades de espacio, número y tiempo, que ordenaban mezclas y remitían a la variable o variables independientes.
La tercera diferencia es el modo de enunciación. Ninguna creación existe sin experiencia. Los functores no preexisten hechos y acabados, como tampoco los conceptos. Que la ciencia sea discursiva no significa en modo alguno que sea deductiva. En lo que se refiere a los nombres propios, en la ciencia marcan una yuxtaposición de referencia, y en el otro una superposición de estrato. Pero la filosofía y la ciencia comparten un 'no se' que se ha convertido en creador.
En relación a la enunciación, se nos remite a unos intercesores ideales que en el plano filosófico son los personajes conceptuales en relación con los conceptos fragmentarios en un plano de inmanencia, y en la ciencia unos observadores parciales en relación con las funciones en los sistemas de referencia. El que no haya ningún observador total, como lo sería el demonio de Laplace capaz de calcular el futuro y el pasado a partir de un estado de cosas determinado, significa unicamente que Dios tampoco es un observador científico de la misma forma que no era un personaje filosófico.
El perspectivismo o relativismo científico nunca se refiere a un sujeto. No constituye una relatividad de lo verdadero, sino por el contrario una verdad de lo relativo, es decir, de las variables cuyos casos ordena conforme a los valores que extrae dentro de su sistema de coordenadas (por ejemplo la imposibilidad de medir a la vez la velocidad y la posición de una partícula). El papel de observador parcial consiste en percibir y experimentar, aunque estas percepciones y afecciones no sean las de un hombre, en el sentido que se suele admitir, sino que pertenezcan a las cosas objeto de su estudio. Estos observadores parciales están en las cercanías de las singularidades de una curva, de un sistema físico, de un organismo vivo; e incluso el animismo se encuentra más cerca de la ciencia biológica de lo que se suele decir, cuando multiplica las diminutas almas inmanentes de los órganos, y a las funciones, a condición de desproveerlas de cualquier papel activo o eficiente para convertirlas únicamente en focos de percepción y de acepción moleculares: de este modo los cuerpos estarán llenos de una infinidad de pequeñas nómadas.
Hay observadores en todos los sitios donde surjan unas propiedades puramente funcionales de reconocimiento o de selección, sin acción directa. Los observadores parciales ideales son las percepciones o afecciones sensibles de los propios functores. Los observadores parciales son sensibilia que se suman a los functores. Más que oponer el conocimiento sensible y el conocimiento científico, hay que extraer estos sensibilia que están en los sistemas de coordenadas y que pertenecen a la ciencia.
Por su parte, los personajes conceptuales son los sensibilia filosóficos, las percepciones y afecciones de los propios conceptos fragmentarios: a través de ellos los conceptos no sólo son pensados, sino percibidos y sentidos. No podemos sin embargo decir que los observadores parciales se distinguen de los personajes conceptuales de la misma forma que los functores se distinguen de los conceptos. Los agentes no se distinguen solo por lo percibido, sino por el modo en que lo perciben. En ambos casos hay percepción y afección ideales, pero muy distintas. Los personajes conceptuales están siempre y ahora ya en el horizonte, y operan sobre un fondo de velocidad infinita. Las diferencias entre lo rápido y lo lento solo depende de la superficie que sobrevuelan. La percepción no transmite aquí información, sino un afecto. Los observadores científicos sin embargo constituyen puntos de vista dentro de las propias cosas, que suponen un contraste de horizontes y una sucesión de encuadres sobre un fondo de desaceleraciones y aceleraciones: los afectos se convierten aquí en relaciones energéticas, y la propia percepción es una cantidad de información.
Que existan percepciones y afecciones propiamente filosóficas y propiamente científicas, es decir sensibilia de concepto y función, indica ya el fundamento de la relación entre la ciencia y la filosofía por una parte, y el arte por otra, de forma que se puede decir que una función es hermosa o que un concepto es bello. Las percepciones y afecciones especiales de la filosofía o de la ciencia se pegarán necesariamente a los perceptos y afectos del arte, tanto las de la ciencia como las de la filosofía.
En cuanto a la confrontación directa de la ciencia y la filosofía, esta se lleva a cabo en tres argumentos de oposición principales, que agrupan las series de functores por una parte y la pertenencias de concepto por otra. Se trata en primer lugar del sistema de referencia y el plano de inmanencia, después de las variables independientes y las variaciones inseparables, y por ultimo de los observadores parciales y los personajes conceptuales. Se trata de dos tipos de multiplicidad. Una función puede ser dada sin que el concepto en si sea dado. Una función de espacio puede ser dada aunque el concepto de espacio aún no se haya dado. La función en la ciencia determina un estado de las cosas, una cosa o un cuerpo que actualiza lo virtual en un plano de referencia y en un sistema de coordenadas; el concepto en filosofía expresa un acontecimiento que da a lo virtual una consistencia en un plano de inmanencia y en una forma ordenada. EL campo de creación respectivo se encuentra por lo tanto jalonado por entidades muy diferentes en ambos casos, pero no obstante presentan cierta analogía en sus tareas: un problema en ciencia o en filosofía no consiste en responder a una pregunta, sino en adaptar, coadaptar, con un gusto superior como facultad problemática, los elementos correspondientes en proceso de determinación (por ejemplo, para la ciencia, escoger las variables independientes adecuadas, instalar al observador parcial eficaz en un recorrido de estas características, elaborar las coordenadas óptimas de una ecuación o de una función).
(G.Deleuze & F.Guattari, ¿Qué es la filosofía?, II.1)