'La dialéctica no puede detenerse ante los conceptos de lo sano y de lo enfermo, de lo racional y lo irracional. Una vez que ha considerado enfermo lo universal dominante, ve la única garantía de curación en aquello que, comparado con dicho orden, parece enfermo, excéntrico, loco. Bajo este aspecto, la función de la dialéctica sería la de permitir que la verdad del loco llegara a la conciencia de su propia razón, sin la cual, por otra parte, perecería en el abismo de aquella enfermedad que el sano sentido común de los demás impone sin piedad' (Adorno, Minima moralia)

martes, 9 de mayo de 2017

QUE ES LA FILOSOFIA (9/9). CONCLUSION. DEL CAOS AL CEREBRO.

Solo pedimos un poco de orden para protegernos del caos. No hay nada que resulte más angustiante que el pensamiento que se escapa de sí mismo. Por eso nos empeñamos tanto en agarrarnos a opiniones establecidas. Solo pedimos que nuestras ideas se concatenen con un mínimo de reglas constantes, y jamás la asociación de ideas ha tenido otro sentido. Facilitarnos estas ideas protectoras, similitud, contigüidad, causalidad, que nos permiten poner un poco de orden en las ideas, pasar de una a otra de acuerdo con un orden del espacio y del tiempo, que impida a nuestra fantasía recorrer el universo en un instante para engendrar de él caballos alados y dragones de fuego. Pero no existiría un poco de orden en las ideas si no hubiera también en las cosas o estado de cosas un anticaos objetivo.  Y por último, cuando se produce el encuentro de las cosas y el pensamiento, es necesario que la sensación se reproduzca como la garantía o el testimonio de su acuerdo. Todo esto es lo que pedimos para forjarnos una opinión, como una especie de 'paraguas' que nos proteja del caos.

De todo esto se componen nuestras opiniones. Pero el arte, la ciencia, la filosofía exigen algo más: trazan planos en el caos. Estas disciplinas no son como las religiones, que invocan una dinastía de dioses y pintan en el paraguas un firmamento como las figuras de una urdoxa, de las que derivarían nuestras opiniones. La filosofía, la ciencia y el arte quieren que desgarremos ese firmamento y que nos sumerjamos en el caos. Solo a este precio le venceremos.

El filósofo, el científico y el artista parecen regresar del país de los muertos

  • Lo que el filósofo trae del caos son unas variaciones que permanecen infinitas pero convertidas en inseparables, en unas superficies o en unos volúmenes absolutos que trazan un plano de inmanencia secante. Ya no se trata de asociaciones de ideas diferenciadas, sino de reconcatenaciones por zona de indistinción en un concepto.
  • El científico trae del caos unas variables convertidas en independientes por desaceleración, es decir, por eliminación de las demás variabilidades susceptibles de interferir, de tal modo que las variables conservadas entran bajo unas relaciones determinables en una función, ya no se trata de lazos de propiedades en las cosas, sino de coordenadas finitas en un plano secante de referencia, que va de las probabilidades locales a un cosmología global.
  • El artista trae del caos unas variedades que no constituyen una reproducción de lo sensible en el órgano, sino que erigen un ser de lo sensible, un ser de la sensación, en un plano de composición anorgánica capa de volver a dar lo infinito.

Las tres disciplinas proceden por crisis o sacudidas de manera diferente, y la sucesión es lo que permite hablar de 'progreso' en cada caso. Diríase que la lucha contra el caos no puede darse sin afinidad con el enemigo, porque hay otra lucha que se desarrolla y adquiere mayor importancia, contra la opinión que pretendía no obstante protegernos del propio caos.

La ciencia no puede evitar experimentar una profunda atracción hacia el caos al que combate. Si la desaceleración es el fino ribete que nos separa del caos oceánico, la ciencia se aproxima todo lo que puede a las olas más cercanas, estableciendo unas relaciones que se conservan con la aparición y desaparición de las variables (cálculo diferencial); la diferencia se va haciendo cada vez más pequeña entre el estado caótico en el que la aparición y desaparición de la variabilidad se confunden, y el estado semicaótico, que presenta una relación como el límite de las variables que aparecen y desaparecen. La opinión nos presenta una ciencia que anhelaría la unidad, la unificación de sus leyes, y que hoy en día seguiría aún buscando una comunidad de las cuatro fuerzas. Todavía es más obstinado, sin embargo, el anhelo de captar un pedazo de caos aun cuando las fuerzas más diversas se agiten en él. La ciencia daría toda la unidad racional a la que aspira a cambio de un trocito de caos que pudiera explorar.

El arte toma un trozo de caos en un marco, para formar un caos compuesto que se vuelve sensible, o del que extrae una sensación caoidea como variedad.

La ciencia toma uno en un sistema de coordenadas y forma un caos referido que se vuelve Naturaleza, y del que extrae una función aleatoria y unas variables caoideas. De este modo, uno de los aspectos más importantes de la física matemática moderna surge en unas transiciones hacia el caos bajo los efectos de los atractores 'extraños' o caóticos: dos trayectorias contiguas en un sistema determinado de coordenadas no permanecen así, y divergen de forma exponencial antes de aproximarse mediante operaciones de estiramiento y de repliegue que se repiten y que seccionan el caos (Prigogin y Stengers: Entre el tiempo y la eternidad; Glieck: La teoría del caos). Si los atractores de equilibrio (puntos fijos, ciclos límites, toros) expresan en efecto la lucha de la ciencia con el caos, los atractores extraños expresan su profunda atracción por el caos, así como un caosmos interior a la ciencia moderna. Nos encontramos así ante una conclusión análoga a aquella a la que nos llevaba el arte: la lucha con el caos no es más que el instrumento de una lucha más profunda contra la opinión, pues de la opinión procede la desgracia de los hombres

En filosofía (...). Un concepto es un conjunto de variaciones inseparables que se produce o se construye en un plano de inmanencia en tanto que éste secciona la variabilidad caótia y le da consistencia (realidad). Por lo tanto, un concepto es un estado caoideo por excelencia; remite a un caos que se ha vuelto consistente, que se ha vuelto Pensamiento, caosmos mental. ¿Y qué sería pensar si el pensamiento no se midiera incesantemente por el caos?

Resumiendo, el caos tiene tres hijas en función del plano que lo secciona: son las Caoideas, el arte la ciencia y la fillosofía, como formas del pensamiento o de la creación. Se llaman caoideas las realidades producidas en unos planos que seccionan el caos.

La junción (no unidad) de los tres planos es el cerebro. Cuando el cerebro es considerado como una función determinada se presenta a la vez como un conjunto complejo de conexiones horizontales y de integraciones verticales que reaccionan unas con otras, como ponen de manifiesto los 'mapas cerebrales'. Entonces la pregunta es doble: ¿Las conexiones están preestablecidas, como guiadas por rieles, o se hacen y se deshacen en campos de fuerzas? ¿Y los procesos de integración son centros jerárquicos localizados o más bien formas (Gestalten) que alcanzan sus condiciones de estabilidad en un campo del que depende la posición del propio centro?

No hay que sorprenderse de que el cerebro, tratado como objeto constituido por la ciencia, solo pueda ser un órgano de formación y comunicación de la opinión. Las conexiones progresivas y las integraciones centradas siguen bajo el estrecho modelo de la recognición y la biología del cerebro se alinea en este caso siguiendo los mismos postulados que la lógica más terca. Las opiniones son formas que se imponen, como las burbujas de jabón según la Gestalt, habida cuanta de unos medios, de unos intereses de unas creencias y unos obstáculos. Parece entonces difícil tratar la filosofía, el arte, e incluso la ciencia como 'objetos mentales', meros ensamblajes de neuronas en el cerebro objetivado, puesto que el modelo irrisorio de la recognicion los acantona en la doxa. Si los objetos mentales de la filosofía, del arte y de la ciencia (es decir las ideas vitales) tuvieran un lugar, éste estaría en lo más profundo de las hendiduras sinápticas, en los hiatos, los intervalos y los entretiempos de un cerebro inobjetivable, allí donde penetrar para buscarlos sería crear. Es como decir que el pensamiento, hasta bajo la forma que toma activamente la ciencia, no depende de un cerebro hecho de conexiones y de integraciones orgánicas: según la fenomenología, dependería de las relaciones del hombre con el mundo, con las que el cerebro concuerda necesariamente porque procede de ellas, como las excitaciones proceden del mundo y las reacciones del hombre, incluso en sus incertidumbres y sus flaquezas. 'El hombre piensa y no el cerebro; pero este movimiento ascendente de la fenomenología que supera el cerebro hacia un Ser en el mundo, bajo una crítica doble del mecanicismo y el dinamismo, no nos saca de la esfera de las opiniones, sólo nos lleva a una Urdoxa planteada como opinión originaria o sentido de los sentidos' (Erwin Strauss, Du sens des sens).

¿No se situará el punto de inflexión en otro lugar allí donde el 'cerebro' se vuelve sujeto? El cerebro es el que piensa y no el hombre, siendo el hombre únicamente una cristalización cerebral. La filosofía, el arte, la ciencia no son los objetos mentales de un cerebro objetivado, sino los tres aspectos bajo los cuales el cerebro se vuelve sujeto, pensamiento-cerebro, los tres planos, las balsas con las se sumerge en el caos y se enfrenta a él. ¿Cuales son los caracteres de ese cerebro que ya no se definen por unas conexiones y unas integraciones secundarias? No es un cerebro detrás del cerebro, sino primero un estado de sobrevuelo sin distancia, a ras del suelo, autosobrevuelo al que ninguna sima, ningún pliegue ni hiato se le escapa. Es una forma verdadera, primaria, una forma en sí que no remite a ningún punto de vista exterior, una forma consistente absoluta que se sobrevuela, independientemente de cualquier dimensión suplementaria, que por lo tanto no exige ninguna trascendencia, que sólo tiene un lado independientemente del número de sus dimensiones, que permanece copresente a todas sus determinaciones sin proximidad no alejamiento, que las recorre a velocidad infinita, sin velocidad límite, y que hace de ellas otras tantas variaciones inseparables a las que confiere una equipotencialidad sin confusión (Ruyer: Neo-finalism. Ruyer lleva a cabo una doble crítica del mecanicismo y el dinamismo (Gestalt) diferente de la fenomenología). Hemos visto que ese era el estatuto del concepto como mero acontecimiento o realidad de lo virtual. Los conceptos no se reducen a un único cerebro. Tampoco podemos decir que todo concepto es un cerebro. Pero el cerebro, bajo este primer aspecto de forma absoluta, se presenta en efecto como la facultad de los conceptos, es decir como la facultad de su creación, al mismo tiempo que establece el plano de inmanencia en el que los conceptos se sitúan, se desplazan, cambian de orden y de relaciones, se renuevan y se crean sin cesar. El cerebro es el espíritu mismo. Al mismo tiempo que el cerebro se vuelve sujeto, o mejor dicho 'supersujeto' de acuerdo con el termino de Whitehead, el concepto se vuelve el objeto en tanto que creado, el acontecimiento o la propia creación, y la filosofía, el plano de inmanencia que sustenta los conceptos y que el cerebro traza. Así pues, los movimientos cerebrales engendran personajes conceptuales.

Es el cerebro quien dice Yo, pero Yo es otro. No es el mismo cerebro que el de las conexiones e integraciones segundas, aun cuando no haya trascendencia. Y este Yo no es solo el 'yo concibo' del cerebro como filosofía, sino también el 'yo siento' del cerebro como arte. La sensación no es menos cerebro que el concepto. La sensación es la propia excitación, no en tanto que ésta se prolonga progresivamente y pasa a la reacción, sino en tanto que se conserva a sí misma o conserva su vibraciones. La sensación contrae las vibraciones de lo excitante en una superficie nerviosa o en un volumen cerebral: la anterior no ha desaparecido aún cuando aparece la siguiente. Es su forma de responder al caos. La propia sensación vibra porque conserva unas vibraciones: es monumento. La sensación es la vibración contraida, que se ha vuelto calidad, variedad. Por este motivo se llama en este caso al cerebro-sujeto alma o fuerza, puesto que únicamente el alma conserva, contrayendo lo que la materia disipa. La contracción no es una acción, sino una pasión pura, una contemplación que conserva lo que precede en lo que sigue. Por lo tanto, la sensación se sitúa en otro plano que los mecanismos, los finalismos y las finalidades. Es un plano de composición, en el que la sensación se forma contrayendo lo que compone. La sensación es contemplación pura, pues es por contemplación como uno se contrae. Contemplar es crear, misterio de la creación pasiva, sensación. La sensación se llena de sí misma. Es un sujeto, o más bien un injeto.

Plotino podía definir todas las cosa como contemplaciones, no solo los hombres y los animales, sino las plantas, la tierra y las rocas. No son ideas lo que contemplamos por concepto, sino elementos de la materia por sensación. La planta contempla contrayendo los elementos de los que procede, la luz, el carbono y las sales, y se llena ella misma de colores y de olores que cslifican cada vez su variedad, su composición: es sensación en si (el gran teatro de plotino sobre las contemplaciones está al principio de las eneadas, iii, 8. Desde Hume a Butler y a Whitehead, los empíricos recuperarán el tema, decantándolo hacia la materia: de ahí su neoplatonismo).

Las rocas y las plantas carecen de sistemas nerviosos, pero las propias afinidades quimicas y causalidades físicas remiten a unas fuerzas primarias capaces de conservar sus elementos y haciéndolos resonar. Todo organismo no es cerebrado, y toda vida no es orgánica, pero hay en todo unas fuerzas que constituyen nos microcerebros o una vida inorganica de las cosas. El vitalismo siempre ha tenido dos interpretaciones posibles. La de una Idea que actúa, pero que no es, que por lo tanto sólo actua desde el punto de vista de un conocimiento cerebral exterior (de Kant a Claude Bernard) o la de una fuerza que es, pero que no actúa, que por lo tanto es un mero sentir interno (de Leibnitz, a Ruyer)

Los tres planos son irreductibles con sus elementos: plano de inmanencia de la filosofía, plano de composición del arte, plano de referencia o de coordinación de la ciencia; forma del concepto, fuerza de la sensación, función del conocimiento; conceptos y personajes conceptuales, sensaciones y figuras estéticas, funciones y observadores parciales. Para cada plano se plantean problemas análogos: ¿en qué sentido y como el plano, en cada caso, es uno o múltiple, qué unidad, qué multiplicidad? Pero todavía nos parece más importantes ahora los problemas de interferencias entre planos que se juntan en el cerebro:

  • Un primer tipo de interferencia surge cuando un filósofo trata de crear un concepto a partir de una sensación o una función, un científico (ibid) o un artista (ibid). La regla en estos casos es que la disciplina que interfiere debe de proceder con sus propios métodos. Son interferencias extrínsecas, porque cada disciplina se mantiene en su propio plano, y emplea sus elementos propios.
  • Un segundo tipo es intrínseco, cuando unos conceptos y unos personajes conceptuales parecen salir del plano de inmanencia que les correspondía para meterse en otro plano entre las funciones y los observadores parciales o entre las sensaciones y las figuras estéticas (por ejemplo Zaratrusta en la filosofía de Nietzsche). Nos encontramos en unos planos complejos, difíciles de calificar.
  • Finalmente hay interferencias ilocalizables, Cada disciplina está relacionada con su no-disciplina. La ciencia está relacionada con la no-ciencia. El plano de la filosofía es prefilosófico mientras se le considere a si mismo independientemente de los conceptos que lo acabarán ocupado, pero la no filosofía se encuentra allí donde el plano afronta el caos. La filosofía necesita de una no filosofía que la comprenda como el arte necesita un no arte y a ciencia una no ciencia. No lo necesitan como principio ni como fin, sino en su devenir- Ahora bien: si los tres no se distinguen todavía respecto a un plano cerebral, ya no se distinguen respecto al caos en el que el cerebro se sumerge. En esa inmersión, emerge del caos la sombra el pueblo-mundo, pueblo-cerebro, pueblo-caos. Pensamiento no pensante que yace en los tres como el concepto no conceptual de Klee o el silencio interior de Kandinsly. Ahí es donde los conceptos, las sensaciones, las funciones se vuelven indecibles, al mismo tiempo que la filosofía, el arte y la ciencia indiscernibles, como si compartieran la misma sombra, que se extiende a través de su naturaleza y les acompaña siempre.

(G.Deleuze & F.Guattari, ¿Qué es la filosofía?, Conclusión)