'La dialéctica no puede detenerse ante los conceptos de lo sano y de lo enfermo, de lo racional y lo irracional. Una vez que ha considerado enfermo lo universal dominante, ve la única garantía de curación en aquello que, comparado con dicho orden, parece enfermo, excéntrico, loco. Bajo este aspecto, la función de la dialéctica sería la de permitir que la verdad del loco llegara a la conciencia de su propia razón, sin la cual, por otra parte, perecería en el abismo de aquella enfermedad que el sano sentido común de los demás impone sin piedad' (Adorno, Minima moralia)

domingo, 3 de septiembre de 2017

EL VIRAJE ETICO DE LA ESTETICA Y LA POLITICA

Al contrario que en su acepción clásica, como una instancia generadora de normatividad, vamos a considerar la ética como la disolución de la norma en el hecho. La ética es el pensamiento que establece la identidad entre un entorno, una manera de ser, y un principio de acción.

Dos violencias no pueden ponerse de acuerdo. Requieren de una comunidad política. El consenso elimina en cierto sentido el corazón de la política: el disenso. La comunidad política es así transformada en comunidad ética, donde todo el mundo supuestamente cuenta. En la comunidad política el excluido es el actor conflictivo. En la comunidad ética todo el mundo está incluído, y entonces el excluído no tiene estatuto. Es el enfermo al que hay que echar una mano, o el radical que amenaza a la sociedad misma. Así la ética a nivel internacional se ha instalado como lo humanitario y como la justicia infinita ejercida contra el eje del mal.

El derecho del sin derecho sólo puede ser ejercido por otro. A esto se le llamó primero guerra humanitaria y luego justicia infinita. Esto se desarrolla a nivel de pensamiento filosófico de dos maneras. La primera, como afirmación de un derecho del otro. Esta posición la resume Jean-François Lyotard en The Other's rights (1993). ¿Qué ocurre con los derechos humanos en un contexto de intervención humanitaria? Lyotard da a los derechos del otro una explicación que resume el viraje ético. Los derechos del hombre no pueden ser derechos en tanto que solo hombre, en tanto que hombre desnudo. Marx ya había explicado que el hombre desnudo, el hombre apolítico es un hombre sin derechos. El hombre ha de ser algo más que hombre para tener derechos. Históricamente a eso se llamó ciudadano. Pero en el tiempo del consenso, ya no hablamos de un ciudadano que se agrega al hombre. Es el inhumano que lo separa del mismo. Este inhumano es la parte de nosotros que no controlamos. Lo inhumano es esta radical dependencia del humano frente a un absolutamente otro que el no puede manejar. El derecho del otro es entonces el derecho de testimoniar de esta sumisión a la ley del otro.

Dos cosas caracterizan el viraje ético: reversión del curso del tiempo (tiempo de la catástrofe que está detrás de nosotros frente a tiempo del progreso que está delante de nosotros). Para Giorgio Agamben el campo es el nomos de la modernidad. Su lugar y su regla. Agamben no funda ningún derecho del otro. Denuncia la generalización del estado de excepción y apela a la salvación mesiánica venida del fondo de la catástrofe. El estado de excepción indiferencia verdugos y víctimas.

Lo mismo que la política se borra con el par del consenso y la justicia infinita,el arte y la reflexión estética tienden a redistribuirse en una visión que consagra el arte al servicio del lazo social y otra que lo consagra al testimonio interminable de la catástrofe. Frente a rescatar al anónimo víctima del conflicto, se refuerza la idea de encontrarnos vinculados a una gran comunidad. El arte, marcado por la categoría del consenso, trata de devolver el sentido perdido de un mundo común, o reparar las fallas del lazo social. La imagen tiene un poder redentor al constituir un mundo de copresencia. El arte deviene testimonio de participación en una comunidad indistinta.

Lo irrepresentable es la categoría central del viraje ético en la estética, como el terror lo es en el plano político, porque él también es una categoría de indistinción entre derecho y hecho. En la idea de lo irrepresentable conviven las nociones de imposibilidad y prohibición. Que algo es irrepresentable puede querer decir dos cosas. Primera. Que un sujeto es irrepresentable quiere decir que los medios específicos del arte no son apropiados a esa singularidad. Por ejemplo, que lo que ha ocurrido en los campos de exterminio pueda trabsformarse en una obra para el goce estético. Tenemos necesidad de un arte de lo irrepresentable. Segunda. Consideremos que el genocidio es racional en su ejecución, pero no hay una explicación racional de sus causas. El problema es saber qué se quiere representar y cómo hacerlo. No se trata de una imposibilidad de representar, sino de una necesidad de multiplicación de los medios de representación. Hay que hacer venir lo irrepresentable de otra parte que del arte mismo. Hay que alojar lo prohibido en lo imposible, haciendo del arte moderno un arte dedicado al testimonio de lo irrepresentable. Un concepto que ha servido para ello es lo sublime de Kant: la experiencia de una desproporción entre la capacidad de la imaginación para ponerse a la medida de un sensible de excepción. Esta desproporción propia de lo sublime se ofrece como concepto de un arte de lo impresentable. Para Lyotard, la tarea de las vanguardias artísticas es testimoniar que existe lo impresentable. Dicha tarea se resume en el concepto de lo sublime, que aparece como el concepto mismo del arte moderno. Para ello debemos invertir el sentido de sublime. Para Kant la falla de la facultad sensible habría el campo a la ilimitación de la razón y marcaba el paso de la esfera estética a la moral. Lyotard hace de esta pasaje fuera del pasaje del arte la ley misma del arte. Lo hace inviertiendo los roles. Ya no es que la facultad sensible fracase a las exigencias de la razón. Es el espíritu el que tiene un problema al tratar de aprehender la singularidad sensible. Lyotard lleva todas estas singularidades a una misma experiencia: todas designan un padecer al que el espíritu no había estado preparado, y del cual sólo conserva una deuda oscura. Así, mientras que lo sublime en Kant introducía el espíritu en el plano estético de la ley moral de la autonomía, en Lyotard inversamente introduce la experiencia ética fundamental que es la experiencia de una dependencia. Es la transformación ética del sublime kantiano: la transformación conjunta de la autonomía estética y la autonomía moral en una sola y misma ley de heteronomía. L tarea de la vanguardia es testimoniar la deuda infinita del espíritu frente a una ley que es del orden del Dios de Moises como de la ley del inconsciente.

Este visión del arte pone en cuestión el paradigma postmoderno sobre el arte, el cual frente a la autonomía modernista, habría borrado las fronteras entre el gran arte y el arte popular. Entre la realidad y el simulacro. Pero el modernismo supuso una autonomía del arte espejo de la autonomía del mundo liberado de la ley de la opresión. A partir de esa idea,  podemos decir que vanguardia ha designado dos cosas distintas: transformar las formas de arte para hacerlas idénticas a las de construcción de un mundo nuevo, donde el arte no existe ya como realidad separada [posmodernismo], pero también el movimiento que preserva la autonomía de la esfera artística [modernismo], que se ha trasladado a la visión de Adorno de preservar la autonomía del arte de las formas de estetización de la mercancía y el poder, no para preservar dicha autonomía como un puro goce del arte por el arte, sino como inscripción de la contradicción irresuelta entre la promesa estética y la realidad de un mundo de opresión.

La tensión histórica de dos figuras de la vanguardia tiende así a desvanecerse en ese par ético de un arte de la proximidad dedicado a la restauración del lazo social y un arte testimonio dedicado a atestar la catástrofe irremediable que está en el origen mismo de ese lazo. Esta transformación reproduce aquella otra que ve desvanecerse la tensión política de derecho y hecho en el par de consenso y justicia infinita. 

La radicalidad ética de hoy ha heredado de la radicalidad modernista de ayer una idea del tiempo cortado en dos por el acontecimiento radical. Si la ética soft del consenso y el arte de la proximidad es la acomodación de la realidad de ayer a las condiciones actuales, la ética hard del mal infinito y el arte dedicado al duelo interminable aparece como el estrcto vuelco de esta radicalidad. Durante tiempo, el acontecimient radical que cortaba el tiempo en dos era la revolución por venir. El genocicio tomo el lugar del corte del tiempo necesario a dicha radcalidad. 

No significa que la política y el arte estén en la actualidad totalmente sometidos a esta visión que hemos llamado ética. El viraje ético es no es una fatalidad histórica de la ética y la política de hoy. Pero lo caracteriza su capacidad de recortar e invertir las formas de pensamiento y las actitudes que apuntaban ayer a un cambio político radical. El viraje ético no es el simple apaciguamiento de los disensos de la política y el arte en el orden consensual. Es más bien la forma extrema que toma la voluntad de absolutizar estos disensos. La autonomia moral modernista deviene entonces en sumisión a la ley del Otro. Los derechos del hombre devienen privilegios del vengador. El elemento central de este retorno es la concepción de un tiempo cortado en dos por un elemento fundador o un elemento que ha de venir. Si queremos salir de la configuración ética de hoy debemos de escapar de cualquier teología del tiempo. A todo pensamiento de trauma original o de salvacion por venir. 


(Jacques Ranciere, El viraje ético de la estética y la política)